De Helguera y Makélélé a la era de Kroos y Modrić, y de aquella certeza a las preguntas actuales: cómo organizar un equipo que tiene talento para decidir partidos, pero sigue buscando quién le dé continuidad al juego.
El problema empieza antes del último pase. Antes de que Mbappé encuentre un espacio, de que Bellingham aparezca en el área o de que un extremo encare a su defensor. Empieza cuando un central levanta la cabeza y necesita un compañero que se ofrezca, reciba bajo presión y sepa qué hacer después.
Desde la retirada de Toni Kroos en 2024, y con la posterior despedida de Luka Modrić en 2025, el Real Madrid ha tenido que reconstruir una función que durante años parecía resuelta: la dirección del juego. Las salidas fueron escalonadas, pero el interrogante se ha mantenido. ¿Quién debe organizar la primera posesión? ¿Quién puede darle continuidad? ¿Quién reconoce cuándo conviene acelerar y cuándo el equipo necesita respirar?
El debate suele resumirse en la falta de un mediocentro organizador. Sin embargo, dentro de esa expresión conviven varias necesidades. Iniciar una jugada, escapar de una presión y gobernar el ritmo de un partido son capacidades relacionadas, pero diferentes. Un gran pasador desde la defensa no necesariamente sabe recibir de espaldas en el centro del campo. Un futbolista capaz de superar rivales mediante una conducción tampoco tiene por qué ser quien mejor ordene la siguiente posesión.
Para comprender qué busca ahora el Madrid conviene recorrer sus últimos veinticinco años. No como una sucesión de nombres, sino como una historia de funciones: quién recuperaba, quién conectaba, quién protegía y quién decidía.
Helguera y Makélélé: el equilibrio de las funciones
A comienzos de siglo, Helguera y Makélélé ofrecían una respuesta basada en la complementariedad. En el Madrid de la Liga de 2000-01, el francés aportaba recuperación, coberturas y protección de la zona central. Helguera acompañaba la elaboración, encontraba apoyos y tenía libertad para llegar desde atrás.
Helguera no era un organizador del perfil de Kroos. Su influencia procedía de hacer muchas cosas compatibles entre sí: interpretar los espacios, ayudar a salir, sostener una posición y reconocer cuándo podía abandonarla para incorporarse al ataque. La presencia de Makélélé facilitaba esas incursiones. El propio Helguera explicó años después que jugar junto al francés le permitía avanzar.
Aquel Madrid podía atacar con continuidad porque existía una estructura que acompañaba a los jugadores ofensivos. Figo, Raúl y los demás protagonistas del ataque recibían el beneficio de ese trabajo. El centro del campo contribuía al dominio sin concentrar necesariamente toda la creación.
Cuando Helguera se asentó en la defensa, comenzó otra búsqueda. En 2002-03, todavía con Del Bosque, Makélélé mantuvo su importancia y cambió de acompañantes. Cambiasso tuvo oportunidades, pero no se convirtió en un relevo fijo de Helguera. Flavio Conceição y Guti también formaron parte de las combinaciones de aquella temporada.
Es importante evitar una simplificación: el Madrid no dejó de jugar bien en cuanto Helguera retrocedió. Ganó aquella Liga y encontró momentos de gran fútbol. Con Guti junto a Makélélé, por ejemplo, aparecía una distribución distinta de tareas: mayor capacidad para filtrar pases desde el centro y un especialista preparado para proteger las espaldas.

La salida de Makélélé y la búsqueda de soluciones
El desequilibrio más profundo llegó en el verano de 2003. Salieron Del Bosque y Makélélé, llegó Beckham y Carlos Queiroz tuvo que reorganizar un equipo extraordinario en talento ofensivo.
Beckham aportaba desplazamiento largo, cambios de orientación, trabajo y precisión. Guti podía encontrar soluciones que casi nadie veía. Pero reunir buenos pasadores no garantizaba conservar las funciones defensivas que habían desaparecido. El doble pivote Beckham-Guti expresaba esa transformación: mucha capacidad para lanzar ataques y más dificultades para sostener el equipo cuando esos ataques terminaban.
El problema no era que Beckham no corriera. Era que correr mucho no equivale a ocupar siempre el espacio adecuado. Tampoco bastaba con exigir más esfuerzo a los jugadores ofensivos si las distancias entre líneas hacían imposible llegar a tiempo.
Aquel Madrid podía producir jugadas brillantes y, al mismo tiempo, perder el control del encuentro. La calidad de sus acciones individuales convivía con una estructura cada vez más frágil.
Después llegaron los intentos de reparación. Gravesen se incorporó en enero de 2005 y Pablo García lo hizo para la siguiente temporada. El primero ofrecía energía, disputa y participación; el segundo respondía más claramente al perfil de ancla por delante de los centrales. Ninguno terminó proporcionando una solución duradera.
La dificultad era colectiva. Si los atacantes quedaban lejos del balón, los laterales avanzaban y los centrocampistas debían proteger demasiado terreno, añadir un recuperador no resolvía por sí solo la desconexión. Además, recuperar la pelota era únicamente la primera parte del trabajo: después había que ofrecer una salida y construir el siguiente ataque.
La sequía comprendida entre la Supercopa de 2003 y la Liga de 2007 tuvo más causas que el centro del campo. Pero esa inestabilidad ayuda a explicar por qué el equipo podía reunir tantos nombres destacados sin encontrar un funcionamiento igualmente fiable.
Capello y Schuster: otras formas de organizarse
Con Capello, en 2006-07, cambió la prioridad. Diarra y Emerson representaban una apuesta por la disciplina, la protección y la competitividad. Guti y, desde enero, Gago ofrecían alternativas para mejorar la circulación.
El Madrid recuperó el título liguero, aunque eso no significaba que hubiera encontrado ya un centro del campo capaz de dominar con naturalidad todos los registros. La pareja Diarra-Emerson podía resultar poco fluida y requería otras soluciones para conectar con el ataque. Guti aportaba creatividad; Gago buscaba continuidad mediante el pase.
La siguiente temporada, con Schuster y la llegada de Sneijder, apareció una propuesta con más movilidad y asociación. El neerlandés añadió disparo, llegada y capacidad para combinar. Con Guti, Diarra y Gago, según el partido, el Madrid encontró distintas maneras de organizarse.
Pero Sneijder tampoco fue exactamente el director que gobernaba todo desde la base. Su fútbol tenía una importante orientación ofensiva. Participó en la Liga de 2007-08, permaneció dos temporadas y salió hacia el Inter en 2009, coincidiendo con el regreso de Florentino Pérez. Su etapa no llegó a convertirse en un proyecto estable construido a su alrededor.
En medio de aquella transición también apareció Lass Diarra, otro perfil de recuperación, movilidad y despliegue. El Madrid seguía reuniendo piezas diferentes. La llegada que modificó de manera más clara la dirección del equipo fue la de Xabi Alonso.
Xabi Alonso y la dirección de un Madrid vertical
Alonso aterrizó en 2009, con Pellegrini, un año antes que Mourinho. Su importancia en este recorrido es esencial: el Madrid no pasó directamente de buscar equilibrio a encontrarlo con Modrić y Kroos. Antes tuvo durante cinco temporadas a un organizador capaz de ordenar desde atrás.
Xabi daba una primera referencia a los centrales, encontraba cambios de orientación y reconocía el momento de acelerar. También aportaba colocación defensiva. Su influencia no dependía de superar adversarios mediante el regate: podía eliminarlos de la jugada con la elección y la velocidad de un pase.
El Madrid de la primera etapa de Mourinho utilizó esa dirección para construir un fútbol especialmente vertical. Khedira ofrecía recorrido y compensación; Özil recibía más arriba y transformaba la progresión en peligro. Por delante, la velocidad y la capacidad de definición convertían una recuperación en una ocasión en muy pocos segundos.
Recordar únicamente los contragolpes deja fuera una parte del mecanismo. Para correr de aquella manera había que recuperar en condiciones favorables, reconocer el espacio y ejecutar el primer pase. Y para alcanzar los 100 puntos y los 121 goles de la Liga de 2011-12 también era necesario resolver partidos contra rivales que apenas concedían campo para correr.

Modrić llegó en 2012, todavía con Mourinho. Añadía una cualidad distinta: recibir rodeado, orientarse, girar y superar una línea mediante una conducción o una combinación. Su consolidación amplió las respuestas del equipo. La salida ya no tenía que depender siempre de que Alonso encontrase una solución desde atrás.
En 2013-14, Ancelotti reunió una combinación especialmente rica con Alonso, Modrić y Di María como interior. Había organización, resistencia a la presión y capacidad para recorrer metros con el balón. La Décima llegó antes de Kroos, otro detalle que impide convertir la historia en una sucesión demasiado sencilla.
Kroos, Modrić y Casemiro: el reparto de funciones
Kroos se incorporó en 2014 y Alonso salió ese mismo verano. A partir de entonces se fue formando una asociación extraordinaria. El alemán daba continuidad, precisión y sentido a la circulación; Modrić aportaba movilidad, cambios de ritmo y soluciones en espacios reducidos. La consolidación de Casemiro completó un reparto de funciones que marcó una época.
Casemiro no era únicamente un futbolista que recuperaba balones. Su protección del espacio central, las coberturas y la capacidad para disputar segundas jugadas ayudaban a que sus compañeros pudieran desarrollar sus virtudes. A su vez, la calidad de Kroos y Modrić permitía al equipo conservar posesiones que reducían la exposición defensiva.
Aquel centro del campo tenía herramientas para elegir. Podía acelerar, mantener la pelota, cambiar de orientación o salir de una presión mediante una asociación corta. No controlaba todos los encuentros, ni convirtió al Madrid en un equipo exclusivamente de posesión. Le dio algo más valioso: diferentes maneras de responder a lo que sucedía.
Esa riqueza tampoco se limitaba al trío. Isco, por ejemplo, permitió añadir un cuarto centrocampista y multiplicar las asociaciones por dentro. El sistema podía adaptarse sin renunciar a sus referencias principales.
Reconstruir el control en el Real Madrid actual
El desafío posterior consiste en reconstruir esas funciones con futbolistas diferentes. Valverde aporta recorrido, potencia y compensación. Camavinga puede romper líneas mediante la conducción y ofrecer soluciones bajo presión. Tchouaméni protege espacios y tiene recursos de pase. Bellingham reúne capacidad asociativa, llegada y una enorme influencia cerca del área.
Son cualidades valiosas. Pero su suma no produce automáticamente la dirección que ofrecían Kroos y Modrić. Tampoco sería justo exigir a cada uno que reprodujera un papel que no coincide exactamente con sus mejores características.
En el Madrid actual de Mourinho, la búsqueda de Rodri y la utilización de Bernardo Silva en posiciones de inicio reflejan esa preocupación. El técnico señaló durante la pretemporada que Bernardo ayudaría en la salida de balón. Su capacidad para ofrecer apoyos, proteger la posesión y asociarse puede mejorar ese proceso, aunque no reproduzca todas las funciones de un mediocentro como Rodri.
También conviene reconocer los indicios recientes de mejora. La utilización de Güler junto a Tchouaméni frente al Sevilla y la mayor participación de los jugadores asociativos han abierto una vía. Una buena actuación no resuelve una necesidad estructural, pero permite identificar comportamientos que merece la pena desarrollar.
Güler y Bernardo Silva: recibir y dar continuidad
Retrasar a Güler es una de las alternativas más interesantes. La objeción aparece enseguida: cuanto más lejos del área juegue, menos aprovechará el Madrid su último pase y su disparo. Sin embargo, empezar una jugada abajo no obliga a terminarla allí.
Güler podría acercarse a Tchouaméni para ayudar a superar la primera presión y avanzar después hacia tres cuartos. La clave sería darle un recorrido dentro de la jugada, en lugar de fijarlo permanentemente junto a los centrales. Para eso necesita apoyos cercanos y compañeros que sostengan la posesión cuando él se incorpore.
Bernardo podría compartir esa responsabilidad. Uno se ofrece cerca del balón y el otro prepara la siguiente recepción. Si ambos bajan al mismo espacio, el equipo puede acumular calidad en la base sin encontrar a nadie por delante. Organizar también consiste en ocupar alturas diferentes.
Huijsen y la defensa de tres: el precedente de la Octava
La otra posibilidad obliga a mirar hacia la defensa: aprovechar a Huijsen como iniciador.
Su capacidad para avanzar y buscar pases que superen líneas invita a imaginarlo en el centro del campo. Pero convertirlo directamente en mediocentro supondría exigirle un cambio importante. Recibir como central, con el terreno de frente, es diferente de hacerlo con un adversario a la espalda y presión desde varios lados.
Existe una alternativa intermedia: mantenerlo como central y darle libertad para incorporarse a la siguiente línea. Ahí aparece un precedente especialmente sugerente, anterior incluso a la pareja Helguera-Makélélé: el Madrid de la Octava.
En 2000, Del Bosque utilizó a Helguera, Iván Campo y Karanka, con Salgado y Roberto Carlos por las bandas. La estructura respondía a circunstancias concretas, entre ellas la ausencia de Hierro y los problemas que planteaban los extremos del Manchester. Helguera actuaba como una pieza de enlace desde la defensa. Por delante estaba Redondo, un organizador cuya importancia no puede desaparecer de la comparación.
La enseñanza útil es la posibilidad de repartir funciones entre líneas. Un central puede ayudar al centro del campo sin convertirse permanentemente en mediocentro.

Un once posible y sus condiciones
Trasladada a la plantilla actual, una hipótesis sería situar a Huijsen en el centro de una defensa formada también por Rüdiger y Konaté. Valverde y Cucurella ocuparían los carriles; Tchouaméni actuaría como referencia central; Güler partiría desde la derecha con tendencia interior, Bellingham se movería entre líneas, Diomande ocuparía el costado izquierdo y Mbappé sería el delantero.
Con Courtois en la portería, el once quedaría así:
| Función inicial | Jugadores |
|---|---|
| Portería | Courtois |
| Tres centrales | Rüdiger, Huijsen y Konaté |
| Carriles | Valverde y Cucurella |
| Referencia del centro del campo | Tchouaméni |
| Apoyos interiores y entre líneas | Güler y Bellingham |
| Ataque por la izquierda | Diomande |
| Punta | Mbappé |
El dibujo tendría que cambiar con la pelota. Huijsen avanzaría cuando el rival le concediese espacio. Tchouaméni ofrecería una línea de apoyo diagonal. Güler entraría por dentro para recibir detrás del adversario que saliera a frenar la conducción, mientras Valverde daría amplitud por la derecha.
En el otro lado, Diomande permitiría mantener abierta la izquierda y colaboraría en el trabajo defensivo. Eso daría margen a Cucurella para cerrar su posición cuando la jugada y las coberturas lo exigiesen. Bellingham podría permanecer más cerca del área o bajar si la presión rival impidiera conectar con los primeros apoyos.
La intención sería obligar al contrario a decidir. Si nadie sale sobre Huijsen, puede ganar metros. Si un centrocampista lo presiona, puede liberar a Güler o Bellingham. Si el rival se estrecha para tapar esos pases, aparecen los carriles.
Pero el plan tiene condiciones. Huijsen no debería avanzar por obligación. Frente a determinados sistemas de presión sería preferible mantener los tres centrales y circular hasta encontrar una salida. Tampoco podrían subir sin compensación ambos carrileros y el central: una pérdida dejaría demasiado terreno a Rüdiger y Konaté.
Y Tchouaméni no puede quedar solo esperando a que todo lo demás funcione. Güler o Bellingham tendrían que ofrecer ayuda antes de la progresión de Huijsen cuando el rival presionara arriba. La estructura debe permitir salir también en los días en que conducir resulta imposible.
Esta variante tiene sentido como recurso trabajado, no como garantía de dominio. Ante un bloque muy bajo podría sobrar un defensor en la base y faltar un jugador cerca del área. Frente a otro rival, precisamente ese central adicional podría facilitar la primera salida.
El control depende de la complementariedad
Después de veinticinco años, la historia del mediocampo madridista deja una idea persistente: el control depende de cómo se complementan los futbolistas. Helguera y Makélélé lo construían de una manera; Alonso, Khedira y Özil, de otra; Casemiro, Kroos y Modrić alcanzaron una combinación excepcional.
El Madrid actual necesita encontrar la suya. Puede empezar acercando a Güler a la elaboración, compartiendo esa tarea con Bernardo y aprovechando la capacidad de Huijsen para avanzar. Ningún movimiento aislado sustituirá a dos jugadores históricos, pero una estructura bien coordinada puede repartir el trabajo que antes parecía concentrarse en ellos.
La primera pregunta sigue siendo la misma que al principio: cuando el central levanta la cabeza, ¿quién se ofrece? La siguiente es igual de importante: cuando ese compañero recibe, ¿quién le da continuidad?
Imagen destacada: fotografía de DSanchez17 / Wikimedia Commons (CC BY 2.0). Imagen optimizada a WebP.

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