Cuando miro mi colección de videojuegos, cada juego tiene una explicación. Puede ser uno al que dediqué cientos de horas, otro que desapareció de mi vida y conseguí recuperar muchos años después o ese título que siempre quise tener y que entonces nunca pude comprar.
Mi colección tampoco es especialmente grande. Nunca he tenido interés en llenarla simplemente para poder decir que tengo más juegos. Para mí, coleccionar videojuegos significa tener en la estantería trocitos que han ido construyendo quién soy.
Por eso puedo tener un juego precintado junto a otro con la caja golpeada y un tercero del que únicamente conservo el cartucho y sentir prácticamente el mismo cariño por los tres. Su estado, su rareza y su precio pueden ser completamente diferentes. La historia que me ha llevado a querer tenerlos es la que termina decidiendo su lugar en mi colección.
Cada juego tiene que tener una explicación
Entiendo perfectamente a quien disfruta intentando completar el catálogo de una consola, reunir todas las entregas de una saga o buscar las mejores unidades posibles. Hay muchas formas de disfrutar del coleccionismo.
En mi caso necesito que exista algún vínculo.
Puedo hacerme con varios juegos de Pro Evolution Soccer o Resident Evil porque son sagas que han formado parte de mi vida como jugador. Tener Final Fantasy VII simplemente porque sea un título muy valorado por otros coleccionistas me aportaría bastante menos. Nunca ha sido una saga que me interese especialmente.
Eso hace que mi forma de coleccionar videojuegos tenga una lógica muy personal. Cada compra tiene que responder a alguna razón: un recuerdo, un juego que me encantó, algo que quise durante años o una pieza que me permita recuperar una parte de mi historia con los videojuegos.
La relación entre las posesiones y nuestra identidad lleva décadas estudiándose. En 1988, Russell Belk planteó que algunas posesiones pueden contribuir a reflejar y construir parte de nuestra identidad. Años después, Kent Grayson y David Shulman analizaron cómo ciertos objetos irremplazables pueden quedar vinculados a personas, lugares, acontecimientos o valores de nuestra historia personal.
En el coleccionismo de videojuegos esa idea resulta fácil de reconocer. Dos personas pueden tener exactamente el mismo título en la estantería y estar conservando cosas completamente distintas.
Cuando una copia deja de ser una copia cualquiera
Conservo pocas unidades que sean exactamente las mismas que tuve cuando era pequeño, así que las que han sobrevivido tienen un valor especial.
Una de ellas es mi FIFA 98 de Mega Drive. Fue un regalo, le dediqué una enorme cantidad de horas y he tenido la suerte de conservarlo en perfecto estado durante todos estos años. Su importancia tiene muy poco que ver con cuánto pueda valer actualmente. Es el mismo juego que estuvo conmigo entonces.
Mi Tekken 3 de PlayStation lleva esta idea todavía más lejos. Tiene la caja rota. Podría buscar otro ejemplar impecable y sustituirlo, pero es mi Tekken 3. Ese es el que lleva años conmigo y ese es el que quiero conservar.

Con una copia comprada recientemente actuaría de otra manera. Si encontrase después otra en mejor estado, podría plantearme cambiarla. Cuando el ejemplar concreto forma parte del recuerdo, el estado pierde importancia frente a todo lo que ha acumulado con el paso de los años.
Ahí aparece una diferencia que para mí resulta fundamental: querer tener un videojuego y querer conservar tu copia de ese videojuego pueden ser cosas muy distintas.
Recuperar videojuegos que se quedaron por el camino
También existen juegos que formaron parte de mi vida y acabaron desapareciendo.
Me ocurrió con Metal Gear Solid 3: Snake Eater. No recuerdo qué pasó con aquella copia. Quizá la presté y nunca volvió o simplemente terminó perdiéndose con el paso de los años. Cuando empecé a prestar más atención a mi colección tuve claro que quería recuperarlo.
Es mi juego favorito y quería volver a tenerlo físicamente en la estantería.
Lo mismo me ocurrió con World Cup Italia ’90 de Mega Drive, durante años mi juego de fútbol de referencia hasta que llegó FIFA 98.
Las unidades que tengo ahora ya tienen su propia historia. Son copias diferentes de aquellas que perdí y tampoco pretendo que ocupen exactamente su lugar. Lo que recupero con ellas es la posibilidad de volver a tener en mi colección juegos que fueron importantes para mí.

Y, a partir de ahí, empezar otra historia con esas nuevas copias.
Comprar por fin aquel juego que nunca pudiste tener
Hay otra clase de incorporación que me gusta especialmente: conseguir aquello que quise durante años y nunca pude tener.
Test Drive II: The Duel es probablemente mi mejor ejemplo.
Fue mi primer juego de coches. Jugaba muchísimo cuando era pequeño y guardo muy buenos recuerdos de aquellas partidas. Aquella versión era para ordenador, mientras que la unidad que tengo actualmente pertenece a MSX. Cuando apareció la oportunidad quise tener Test Drive II en casa aunque fuese otra edición y aunque su caja tuviese golpes.
Lo que buscaba era ese juego y todo lo que significaba para mí.

Con Virtua Striker 2 ver. 2000.1 esa búsqueda acabó marcando además el momento en que empecé a ver mi colección de otra manera.
Es mi juego de fútbol favorito. En su momento llegué a comprarme una Dreamcast fundamentalmente por él y, paradójicamente, nunca conseguí encontrar una copia para comprar.
Muchos años después estaba mirando videojuegos en una tienda online cuando descubrí que también vendían juegos retro. Allí apareció una edición japonesa de Virtua Striker 2 ver. 2000.1, todavía precintada y a un precio que me pareció muy bueno.
La compré.
Y creo que fue ahí cuando empecé a coleccionar emociones más que videojuegos.

Estado de conservación: un precinto, una caja golpeada y un cartucho suelto
Mi Virtua Striker 2 sigue sin abrir.
A veces me entran unas ganas enormes de quitar el plástico, ver el manual y el disco y disfrutar por fin de esa sensación que no pude tener cuando compré la Dreamcast. Al mismo tiempo, me hace ilusión conservar sin abrir precisamente un juego tan importante para mí. Además, es el único videojuego precintado que tengo.
Su posible valor económico no participa en esa decisión. Ni siquiera sé cuánto vale actualmente.
A pocos juegos de distancia está mi Test Drive II, con sus golpes en la caja, y un cartucho suelto del primer Metal Gear para MSX2. Metal Gear es una de mis sagas favoritas, Metal Gear Solid 3 es mi juego favorito y me hacía mucha ilusión tener aquella primera entrega aunque faltasen la caja y el manual.

Tres piezas con estados de conservación completamente distintos pueden acabar significando muchísimo por razones que poco tienen que ver con su aspecto.
Eso tampoco significa que el estado me dé igual. Intento comprar los juegos lo mejor conservados posible y, si puedo elegir entre dos ejemplares similares, prefiero el que esté en mejores condiciones. Lo que cambia es el lugar que ocupa ese criterio.
Una caja impecable mejora una pieza que ya quiero tener. No puede crear por sí sola el vínculo que hace que quiera tenerla.
El precio también forma parte del coleccionismo
Curiosamente, apenas miro cuánto valen los juegos que ya tengo.
Podría descubrir mañana que alguno cuesta muchísimo dinero y seguramente me alegraría. También podría enterarme de que uno de mis favoritos apenas tiene valor de mercado y eso no cambiaría lo que significa para mí.
El precio sí tendría importancia si alguna vez necesitara vender parte de la colección.
Si tuviera que reducirla drásticamente por motivos económicos, tendría que actuar de forma práctica. Probablemente empezaría vendiendo algunas de las piezas más caras, incluso aunque estuviesen entre mis favoritas.
El apego emocional explica por qué quiero conservarlas. Mi situación personal decidiría hasta dónde puedo permitirme hacerlo.
Mientras esa necesidad no exista, prefiero que una pieza ocupe su lugar en la estantería por lo que representa y no por lo que alguien estaría dispuesto a pagar por ella.
Una colección de experiencias
Cuando repaso mi colección encuentro juegos que siguen conmigo desde hace décadas, otros que perdí y quise recuperar y algunos que pude comprar muchos años después de haberlos deseado por primera vez. Entre ellos hay cajas impecables, cajas golpeadas, cartuchos sueltos y un único juego que todavía conserva el precinto.
El estado, la rareza y el valor económico varían mucho entre unas piezas y otras. La constante es que todas tienen una razón para estar ahí. Algunas representan etapas concretas de mi vida, otras gustos que me han acompañado durante años, unas me han permitido recuperar juegos que perdí y otras cumplir deseos que entonces no pude permitirme.
Por eso la definición que mejor encaja conmigo sigue siendo la misma: mi colección de videojuegos es una colección de experiencias. Colecciono juegos que me gustan, que significaron algo, que quería recuperar o que siempre quise tener.
Eso es lo que quiero conservar cuando miro la estantería.

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