Muchos dulces tradicionales llevan el nombre de un lugar, pero no necesariamente el de las personas que prepararon sus primeras versiones o evitaron que desaparecieran. La periodista gastronómica María Mieres recupera parte de esas historias en Confitería cantábrica, un libro publicado por Debate tras visitar más de veinte obradores de Galicia a Navarra.
La investigación reúne veinte recetas y testimonios de familias y establecimientos. Entre los ejemplos figura Antonia García Mazorra, vinculada a los sobaos de Cantabria, y los nombres de Emiliana Malcorra, de la historia de Casa Otaegui, y María Montero, relacionada con la larpeira de la panadería Lorbé. Son personas detrás de elaboraciones cuya fama ha sobrevivido mejor que sus biografías.

Investigar un dulce obliga a visitar algo más que la vitrina
Mieres ha explicado en una entrevista publicada por El País el 15 de octubre que el proyecto nació durante la pandemia y que combinó visitas a obradores, conversaciones y búsquedas documentales. En ese recorrido encontró tradiciones tan particulares como la del piperropil navarro, un dulce que también tuvo un uso social ligado al cortejo.
Conservar una receta no significa dejarla inmóvil
La misma entrevista recoge la importancia de ingredientes locales como la mantequilla y las dificultades para sostener algunos negocios tradicionales. En otros casos, son las familias las que siguen preparando dulces en casa, como las marañuelas que Mieres recuerda de su entorno de Avilés.
El libro permite abordar la repostería como trabajo y memoria cotidiana: detrás de cada nombre conocido hay técnicas, materias primas y personas que pueden cambiar con las generaciones.
Fotografía de cabecera: María Mieres. © Teresa Suárez / Debate / Penguin Random House.

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