No siempre tenemos respuestas, y convivir con la incertidumbre puede resultar difícil. Queremos entender qué está pasando, sentir cierto control o encontrar una explicación que nos permita seguir adelante.
A veces una respuesta imperfecta puede resultar más soportable que quedarse sin ninguna. No porque seamos ingenuos, sino porque permanecer con una pregunta abierta también pesa.
Creo que ahí está una de las claves de nuestra relación con lo desconocido: buscamos sentido y orden, y algunas explicaciones pueden resultar atractivas precisamente porque nos los ofrecen aunque no tengamos pruebas suficientes para aceptarlas.
Cuando entran en juego la muerte, la pérdida, la enfermedad o el miedo, esa necesidad puede hacerse todavía más intensa. Ya no intentamos únicamente comprender algo: también intentamos soportarlo.
Luces rojas parte de ahí. De la necesidad de creer, pero también de algo que me parece mucho más incómodo: qué puede ocurrir cuando alguien descubre exactamente aquello que necesitamos creer y aprende a utilizarlo.
AVISO DE SPOILERS
Este artículo habla de momentos importantes de Luces rojas, incluido su final.
La necesidad de creer cuando necesitamos una respuesta
No creo que el miedo, la enfermedad, el duelo o una pérdida conviertan automáticamente a alguien en creyente. Sí pueden cambiar nuestra disposición a considerar posibilidades que en otro momento habríamos descartado.
Incluso una persona muy escéptica puede encontrarse ante ese «¿y si?». ¿Y si existe algo que todavía no conocemos? ¿Y si hay algo que no hemos conseguido explicar? No necesariamente porque haya dejado de razonar de la misma manera, sino porque cuando algo nos afecta profundamente también cambia lo que necesitamos emocionalmente de una respuesta.
En determinadas situaciones podemos llegar a aferrarnos a esa posibilidad como un último recurso, una forma de conservar un poco de esperanza. Cuando el miedo o el dolor son muy grandes, ya no estamos hablando únicamente de si algo puede demostrarse o no, sino de hasta dónde somos capaces de soportar una situación y de qué necesitamos para atravesarla.
Yo misma sé que reaccionaría de otra manera. Tengo muy asentada mi forma de entender estas cuestiones y el valor que doy a la evidencia, y personalmente no creo que aceptara que alguien pudiera comunicarse con una persona fallecida simplemente porque necesitara desesperadamente que fuera verdad. De hecho, he pasado recientemente por una pérdida muy importante y sé que seguiría buscando una explicación antes de aceptar algo así.
Eso no significa que no me gustaría que determinadas cosas fueran posibles. Me encantaría poder hablar con mi padre, que ya no está, escucharlo otra vez o sentir de alguna manera que sigo teniendo acceso a él. Pero una cosa es desear profundamente que algo exista y otra muy distinta creer que puede pasar: mi deseo no sería una prueba de que fuera real.
Pero precisamente por eso intento separar mi reacción personal de la de los demás. No todo el mundo soporta el dolor de la misma manera ni necesita lo mismo para atravesarlo. Hay personas que pueden encontrarse mucho más vulnerables o necesitar una última oportunidad para mantener un vínculo con quien han perdido.
Querer escuchar no significa necesariamente haber dejado de ser racional. A veces significa simplemente que el dolor ha abierto una puerta al «por si acaso». Una parte de la persona puede seguir dudando mientras otra necesita comprobar si existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, de volver a recibir algo de quien ya no está.
Y ahí es donde Luces rojas empieza a resultar especialmente incómoda. La vulnerabilidad no aparece porque alguien sea incapaz de pensar, sino porque hay momentos en los que necesitamos tanto una respuesta que estamos más dispuestos a escucharla.

Margaret Matheson y el precio de desmontar una mentira
Margaret Matheson no es simplemente una escéptica que va desmontando fenómenos paranormales porque sí. Tiene formación, conocimientos y experiencia para analizar qué hay detrás de muchas de esas situaciones. La película muestra varias veces su capacidad para explicar fenómenos que desde fuera pueden parecer inexplicables.
Pero existe una contradicción mucho más interesante en su personaje.
Margaret necesita encontrar una respuesta relacionada con su hijo. Racionalmente conoce los mecanismos que pueden existir detrás de muchos fenómenos y sabe perfectamente que una afirmación extraordinaria necesita pruebas. Emocionalmente, sin embargo, desea encontrar una excepción. Su hijo está en coma y con soporte vital, y existe en ella el deseo de pensar que quizá haya algo más después de la muerte y que, de alguna manera, su hijo no desaparezca por completo.
Margaret no rechaza lo paranormal porque no lo necesite; lo cuestiona precisamente aunque lo necesita desesperadamente. Podría aceptar una explicación porque desea que sea verdad, pero sigue buscando pruebas y separando lo que quiere que exista de lo que realmente puede demostrar.
Ese conflicto da otra dimensión a su trabajo.
Ese matiz importa especialmente cuando ella desmonta una creencia que está sosteniendo emocionalmente a otra persona.
Cuando Margaret desmonta un fenómeno, la persona que creía en él no necesariamente siente que la están ayudando. Puede sentir que le están quitando algo importante. Si esa creencia le proporcionaba consuelo, esperanza o una manera de entender lo que le había ocurrido, demostrar que era falsa puede dejarla todavía más perdida.
Desde fuera podemos pensar que decir la verdad siempre libera. Desde dentro, la persona puede vivirlo de una manera completamente diferente.
Y eso me parece importante porque permite mirar a Margaret sin convertirla en una especie de heroína racional que llega para salvar a personas ingenuas. Desmontar una mentira puede ser necesario y, al mismo tiempo, puede doler muchísimo a quien necesitaba creer en ella.
La película no necesita decidir cuál de esas dos cosas pesa más. Puede mostrar ambas a la vez.
Cómo se construye el engaño
Una de las cosas que más me interesan de este tipo de engaños es que no necesitan necesariamente conocer toda nuestra vida. La literatura sobre cold reading describe precisamente cómo una persona puede partir de observaciones y conjeturas, atender a las reacciones de quien tiene delante y ajustar después lo que dice.
Nos impresiona mucho que una persona que no conocemos pueda decir algo privado sobre nosotros. La reacción inmediata suele ser «¿cómo puede saber esto?». Y si además estamos atravesando una pérdida, miedo o necesidad emocional, puede resultar todavía más fácil darle una explicación extraordinaria.
Nosotros también podemos proporcionar información sin darnos cuenta.
No solamente por lo que decimos directamente. También por una mirada, un gesto, una pausa, el tono de voz o una reacción. Quien está atento a esas señales puede utilizarlas para decidir por dónde continuar.
El resultado puede dar la impresión de que esa persona sabía algo imposible desde el principio cuando, en realidad, parte de la información ha ido apareciendo durante la propia interacción.
También existe una parte del mecanismo que depende de nosotros. La investigación sobre memoria emocional muestra que los acontecimientos con carga emocional pueden recordarse con especial viveza. Eso no convierte un acierto en una prueba, pero ayuda a entender por qué una coincidencia significativa puede adquirir tanto peso subjetivo.
Si además ese acierto coincide con algo que necesitábamos escuchar, puede terminar eclipsando errores anteriores.
A partir de ahí también podemos completar información por nuestra cuenta, darle un significado especial a una coincidencia o interpretar como confirmación algo que encaja con aquello que esperábamos encontrar.
El engaño funciona mejor cuando la otra persona consigue convencernos, pero también cuando nuestra propia necesidad empieza a ayudarla a sostenerlo.
Simon Silver y la fabricación de autoridad
Simon Silver me genera más desconfianza que fascinación desde el primer momento. Hay algo demasiado medido en su forma de hablar, en sus gestos, en la manera de moverse y en la seguridad con la que se presenta.
Da la sensación de que no está simplemente hablando con el público, sino representando un personaje. Todo está construido para transmitir que sabe más que los demás, que controla la situación y que tiene acceso a algo que el resto no puede comprender.
Y precisamente ahí está una parte importante de su poder.
Cuando la reputación empieza a hacer el trabajo de la prueba
Silver no necesita demostrarlo todo constantemente porque ha construido una imagen que hace que mucha gente llegue predispuesta a creerle. Ahí entra también la prueba social: si alguien acumula fama, seguidores y años de reputación, resulta fácil convertir la cantidad de creyentes en un sustituto de la evidencia. Su leyenda empieza a trabajar antes que él.
El escenario también forma parte del truco
El escenario también forma parte de esa construcción. Desde una butaca estás viendo lo que él quiere que veas: iluminación, sonido, distancia, tiempos, atención del público y una puesta en escena completamente controlada. Puede existir información previa, apoyo técnico o personas colaborando fuera de tu campo de visión.
Si esa misma persona estuviera sentada a tu lado, sin escenario, sin iluminación, sin toda esa preparación y sin la reputación que la precede, tendría muchas menos herramientas para provocar el mismo impacto.
Por eso, en Simon Silver, el escenario no es simplemente el lugar donde ocurre el espectáculo. Es parte de la autoridad que ha construido.
Cuando la vulnerabilidad se convierte en negocio
Aquí es donde para mí aparece una diferencia moral bastante clara.
Ver un espectáculo de mentalismo puede ser simplemente entretenimiento. Sabes que existe una técnica detrás, aunque no conozcas el mecanismo, y precisamente parte de la diversión consiste en preguntarte cómo han conseguido hacerlo.
Otra cosa muy distinta es cobrar a alguien asegurando que puedes hablar con un familiar muerto, transmitirle un mensaje suyo o solucionar una enfermedad mediante capacidades extraordinarias.
En ese momento ya no estás jugando únicamente con la sorpresa. Estás entrando en el duelo, en el miedo y en una necesidad emocional.
La diferencia tampoco depende exclusivamente de lo que ocurra sobre el escenario. Dos personas pueden estar viendo exactamente la misma actuación y vivirla de maneras completamente distintas. Una puede estar pensando en cómo se ha construido el espectáculo; otra puede creer sinceramente que está viendo una capacidad sobrenatural.
La explotación empieza cuando quien realiza ese acto sabe que la otra persona cree de verdad en lo que está diciendo y, aun así, utiliza esa creencia a su favor.
Que una mentira produzca consuelo tampoco la convierte en correcta. Puede aliviar el dolor de quien la recibe y seguir siendo una mentira al mismo tiempo, especialmente cuando otra persona utiliza conscientemente esa confianza a su favor.
Para mí, incluso hay algo más grave que el dinero. Cuando alguien consigue que le entregues autoridad sobre tus emociones, puede influir en cómo sientes, piensas y tomas decisiones, hasta hacer que dependas de lo que te dice o que organices una parte de tu vida alrededor de algo que esa persona sabe que no es real.
«No puedo explicarlo» no significa «es paranormal»
Decir «no puedo explicarlo» significa simplemente que todavía no sabemos cómo ha ocurrido algo. Puede faltar información, puede existir un mecanismo que desconocemos o puede que todavía no hayamos encontrado la explicación correcta.
Decir «esto demuestra que es paranormal» es dar un paso completamente diferente.
La ausencia de una explicación no demuestra automáticamente otra explicación.
Si no sabemos qué ha ocurrido, seguimos sin saber qué ha ocurrido. El vacío no se convierte en una prueba simplemente porque nos resulte incómodo mantenerlo abierto.
Eso es precisamente lo que me parece interesante de Luces rojas: la película obliga constantemente a convivir con esa incertidumbre. Nos muestra fenómenos que parecen extraordinarios y después nos enseña que pueden existir explicaciones que no habíamos visto.
Aprender a decir «todavía no lo sé» no resulta fácil, pero quizá sea una de las maneras más importantes de protegernos de una respuesta que nos resulte demasiado conveniente. Aceptar que una explicación aún no está disponible también forma parte de convivir con la incertidumbre.
El escepticismo también tiene que saber rectificar
Yo sí me considero una persona escéptica. Si alguien me dice que algo existe o que ha ocurrido por una determinada causa, necesito saber en qué se sostiene esa afirmación y qué evidencia hay detrás.
Si no hay pruebas, me cuesta muchísimo creer.
Eso, sin embargo, no significa pensar que algo es imposible de entrada. Significa que mientras no exista una base suficiente para aceptarlo prefiero quedarme en la duda antes que darlo por cierto.
Para mí, ser escéptica consiste precisamente en eso: no creer porque sí, sino necesitar motivos para creer.
Y esa posición también tiene que aceptar la posibilidad de equivocarse.
Si estás convencida de que algo es prácticamente imposible y aparecen pruebas sólidas que demuestran lo contrario, tienes que ser capaz de revisar lo que pensabas. No tendría sentido exigir evidencias a los demás y, al mismo tiempo, decidir que ninguna evidencia puede hacerte cambiar de opinión.
Ser racional no significa no equivocarse. Significa saber rectificar cuando existen motivos para hacerlo.
Esa diferencia resulta fundamental para entender el final de Luces rojas, porque la película no utiliza el giro para decir que todo aquello que hemos visto antes era cierto.
El final de Luces rojas: Tom busca a alguien como él
Tom necesita encontrar a alguien como él. Su búsqueda no es únicamente profesional: quiere desenmascarar fraudes, pero también saber que no está solo con aquello que le ocurre.
Si eres el único que vive algo que nadie más parece experimentar, puede resultar muy difícil entenderte a ti mismo. Encontrar a alguien con capacidades parecidas significaría encontrar también a alguien capaz de comprenderte.
Por eso Silver lo obsesiona en dos direcciones: quiere demostrar que es un fraude, pero también necesita que esta vez sea verdad. Tom persigue a Silver para desenmascararlo, pero también con la esperanza de no tener que hacerlo.
Ahí aparece la inversión central de la película.
Silver tiene aquello que Tom no consigue: reconocimiento, admiración, seguidores y una enorme autoridad. Pero la película termina mostrando que varias de las pruebas que sostienen ese prestigio están trucadas y que incluso su ceguera forma parte del engaño.
Para mí, Tom sí posee aquello que Silver finge tener. Y precisamente por eso el contraste resulta tan interesante: uno quiere que el mundo crea que posee algo extraordinario, mientras que el otro desearía encontrar a alguien que le demostrara que no es el único.
El contraste funciona porque convierte el giro en algo más que una sorpresa argumental.
Durante casi toda la película aprendemos a desconfiar de aquello que parece paranormal. Vemos cómo los fenómenos pueden desmontarse y cómo detrás de ellos aparecen trucos, manipulación, sugestión o explicaciones que inicialmente no habíamos considerado.
Y cuando parece que la película ha tomado definitivamente ese camino, el final introduce una posibilidad que, dentro de mi interpretación, cambia nuestra lectura de Tom sin convertir automáticamente a Silver en alguien auténtico.
Eso es importante porque el final de Luces rojas permanece deliberadamente abierto a distintas interpretaciones. El propio Rodrigo Cortés explicó en una entrevista que la película puede comunicarse con los espectadores desde diferentes puntos de vista y que la multiplicidad de teorías forma parte de su funcionamiento.
En mi caso, el giro final me parece espectacular precisamente porque no obliga a elegir entre «todo es falso» y «todo es posible». Deja abierta una zona mucho más incómoda: puede existir algo que no sepamos explicar y, aun así, eso no nos obliga a creer a cualquiera que asegure tener la respuesta.
Eso también hace que muchas escenas anteriores de Cillian Murphy adquieran otro sentido cuando entiendes la interpretación que plantea el final.
Y ahí está una de las cosas que más me gustan del cierre: los fraudes siguen siendo fraudes. Que Tom pueda tener una capacidad extraordinaria no convierte de repente a Silver en auténtico ni invalida todo lo que la película ha construido sobre la manipulación y el engaño.
El cierre me parece genial, muy original, porque mantiene separadas dos cuestiones que sería muy fácil confundir: aceptar que existen personas que engañan y aceptar que todo aquello que todavía no comprendemos tiene necesariamente una explicación que ya conocemos.
En otra entrevista, Rodrigo Cortés contó que pasó más de un año y medio investigando tanto a racionalistas como a creyentes y que le interesaba cómo ambos podían aceptar lo que confirmaba sus posiciones previas. Esa idea encaja de forma directa con la tensión que atraviesa la película y con la lectura que hago de ella.
Las verdaderas luces rojas
Después de todo lo anterior, mis luces rojas se reducen a dos preguntas bastante simples: ¿esa persona puede demostrar lo que afirma en condiciones que permitan descartar trucos e información previa? ¿Y está utilizando su fama, su seguridad o la vulnerabilidad de quien tiene delante para pedir confianza antes que pruebas?
Conocer estos mecanismos ayuda, pero no nos vuelve completamente inmunes. Podemos reconocer señales de manipulación y entender mejor cómo participamos en una interacción; aun así, nadie sabe exactamente cómo va a reaccionar cuando la vida le coloque delante una situación que toque su punto más vulnerable.
Yo diría que tengo una posición muy firme en cuestiones relacionadas con lo paranormal. No diría al cien por cien, porque creo que ninguno estamos completamente fuera de peligro, pero sí diría que estoy al 99 % segura de que en este terreno sería muy difícil que me convencieran. Mi propia vida, sin embargo, me ha demostrado que eso no significa que sea imposible engañarme en otros ámbitos.
He vivido una situación personal en la que fui engañada y manipulada emocionalmente durante mucho tiempo, hasta descubrir que estaba viviendo una realidad que no era exactamente la que pensaba. Y eso me hizo entender que una persona puede considerarse racional, desconfiada o difícil de engañar y, aun así, tener puntos vulnerables cuando entran en juego los sentimientos.
Por eso tampoco me gusta decir «a mí nunca me pasaría». En lo paranormal siento que tengo una posición muy firme, pero mi propia experiencia me ha enseñado que todos podemos tener un lugar desde el que alguien consiga llegar hasta nosotros.
La vulnerabilidad no siempre está donde creemos que está.
¿Seguirías preguntándote cómo lo sabe?
Si alguien me dijera algo que aparentemente solo conocíamos mi padre, que ya no está, y yo, intentaría averiguar primero cómo puede saberlo: si quedó escrito, si se lo contó a alguien o si esa información llegó hasta esa persona por alguna vía que yo desconociera. Claro que me sorprendería muchísimo; precisamente por eso tendría todavía más necesidad de entender de dónde ha salido.
Si alguien consiguiera decirte exactamente aquello que más necesitas escuchar, ¿seguirías preguntándote cómo lo sabe?
Aunque tocara algo muy personal, aunque me dijera exactamente lo que necesitara oír en ese momento, seguiría intentando encontrar la lógica detrás. Puede emocionarme, puede sorprenderme y puede hacer que quiera seguir escuchando, pero ninguna de esas cosas demostraría por sí sola que esa persona posee una capacidad extraordinaria.
Cuanto más necesitas que algo sea verdad, más fácil puede ser bajar la guardia. Y justamente por eso es cuando más importante resulta seguir haciéndote preguntas.
De ahí no me sacas.
Quizá la verdadera luz roja aparezca justo cuando una respuesta nos gusta tanto que dejamos de preguntarnos de dónde ha salido.
Imágenes: Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA) · Ministerio de Cultura · Expediente 95709.

Deja un comentario