En la historia de nuestros antepasados abundan las herramientas de piedra, las cacerías y los grandes cambios anatómicos. ¿Y las personas que compartían alimento, cuidaban de los enfermos o se ocupaban de los niños? Virginia Mendoza propone mirar también hacia ellas en Memoria de las manos. Cómo los vínculos, los afectos y los cuidados nos hicieron humanos, su nuevo ensayo, que Debate publicará en España el 29 de octubre.
La escritora manchega, autora de La sed, se apoya en la paleoantropología, la primatología y otras disciplinas para explorar una idea: la vida en común y la atención a los demás pudieron desempeñar un papel decisivo en nuestra trayectoria evolutiva. El libro revisa algunos relatos centrados en la competencia y la fuerza, pero también encuentra espacio para la música, el humor, el fuego y esos pequeños gestos que mantienen unido a un grupo.

Los fósiles también cuentan historias de supervivencia
Una de las historias que recupera Mendoza es la de Benjamina, el nombre con el que se conoce a un individuo infantil de la Sima de los Huesos, en Atapuerca. El llamado cráneo 14 presenta una grave deformación. Un estudio científico publicado en 2009 señaló que sobrevivió más de cinco años y planteó que su situación pudo requerir una atención especial por parte del grupo.
La diferencia entre evidencia e interpretación resulta importante: el fósil permite estudiar la patología y la supervivencia, pero no muestra directamente quién prestó ayuda ni de qué manera. Precisamente ese espacio entre lo que los restos conservan y lo que podemos reconstruir forma parte de las preguntas que plantea el ensayo.
La autora se detiene asimismo en las huellas de Laetoli, impresas en ceniza volcánica en la actual Tanzania hace unos 3,6 millones de años. Son una prueba excepcional de que antiguos homininos caminaban erguidos. Pensar en cómo se relacionaban quienes dejaron esas pisadas abre posibilidades narrativas, aunque las huellas por sí mismas no demuestren gestos de auxilio o afecto.
Criar, compartir y aprender a convivir
La mirada de Memoria de las manos va más allá de los restos óseos. Mendoza explora la infancia prolongada de nuestra especie, la crianza compartida y el valor que pudieron tener las abuelas y otros miembros del grupo en la alimentación y protección de los pequeños. También recupera el lugar de actividades a menudo relegadas frente a la caza y las armas: preparar comida, enseñar, acompañar y mantener el fuego encendido.
En esa reconstrucción aparecen las expresiones de nuestro rostro, la capacidad de interpretar señales, la risa y las historias compartidas. El ensayo se interesa por cómo los vínculos permiten convivir y cooperar, incluso entre personas que no pertenecen a la misma familia. Son propuestas que la autora desarrolla a partir de investigaciones de distintas disciplinas, no una explicación definitiva y única de nuestra evolución.
Una pregunta sobre nuestro presente
El recorrido termina mirando a una sociedad que valora la independencia, pero en la que seguimos necesitando a los demás. Mendoza conecta el pasado con la soledad, las amistades, los cuidados y la manera de entender la autonomía. Su propuesta tampoco borra la otra cara de nuestra historia: la capacidad de colaborar ha convivido siempre con la violencia y el conflicto.
Ahí reside la pregunta que atraviesa Memoria de las manos: cuánto de nuestra supervivencia se explica por lo que fuimos capaces de hacer individualmente y cuánto por lo que alguien hizo por nosotros. Una forma de regresar a la prehistoria que invita a prestar atención a gestos muy reconocibles en la vida cotidiana.

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