Christopher Nolan convierte la historia del padre de la bomba atómica en un retrato sobre la ambición, el poder, la culpa y las consecuencias de nuestras decisiones. Una película extraordinaria, con un Cillian Murphy capaz de transmitir mucho más de lo que expresan las palabras.
Hay películas que, después de verlas, despiertan la necesidad de conocer mucho más sobre la historia que nos acaban de contar. Eso es precisamente lo que me ha ocurrido con Oppenheimer, de Christopher Nolan.
La primera vez que la vi sabía quién era Robert Oppenheimer, pero desconocía muchos aspectos de su trayectoria personal, científica y política. No había profundizado en sus relaciones, en las circunstancias que lo llevaron a dirigir el Proyecto Manhattan ni en todo lo que ocurrió después.
Sin embargo, la película despertó mi curiosidad. Empecé a informarme sobre su vida y, cuando volví a verla, descubrí que podía comprender mucho mejor determinados acontecimientos y las decisiones de sus personajes.
No es que el primer visionado me resultara difícil de seguir. De hecho, considero que Nolan consigue contar una historia extraordinariamente compleja de una manera bastante clara. Pero conocer el contexto histórico permite apreciar muchos matices que, de otra forma, pueden pasar desapercibidos.
Y creo que eso dice mucho de una película: que no solamente consiga mantener tu interés durante tres horas, sino que además despierte tus ganas de seguir investigando cuando termina.
Porque, en mi caso, no me ha sobrado ni un minuto.
Aviso: este análisis comenta escenas relevantes y el desenlace de Oppenheimer.
La ambición de un hombre apasionado por la ciencia
Una de las cuestiones que más me han interesado de Oppenheimer es su personalidad.
Estamos hablando de un hombre con una inteligencia extraordinaria, consciente de sus capacidades, decidido a desarrollar todo su potencial y con una enorme pasión por la física.
Hay una escena que me gusta especialmente y que, aunque pueda parecer sencilla, creo que refleja muy bien esa faceta del personaje. Cuando comienza a impartir clases de física cuántica en Berkeley, apenas tiene alumnos, pero eso no parece desanimarlo.
Veo a un hombre que disfruta con lo que sabe, que quiere compartir sus conocimientos y que confía en que otras personas terminarán interesándose por aquello que tanto le apasiona.
Y creo que esa ilusión es importante para comprender por qué acepta dirigir el Proyecto Manhattan.
Evidentemente, existía un temor real a que la Alemania nazi consiguiera desarrollar una bomba atómica antes que los aliados. Pero no considero que aquella fuera su única motivación.
También estaban el reto científico, la ambición personal y el deseo de demostrar hasta dónde podía llegar.
Y aquí creo que debemos distinguir entre el ego y la seguridad en uno mismo.
Oppenheimer sabía que tenía unas capacidades excepcionales y quería aprovecharlas. Es posible que también necesitara reconocimiento, pero no creo que debamos reducir toda su trayectoria a una cuestión de ego.
Había una verdadera pasión por lo que hacía.
Esa mezcla de inteligencia, determinación y entusiasmo fue fundamental para reunir a algunos de los científicos más brillantes de su época y dirigir un proyecto de semejante magnitud.
Pero precisamente ahí comienza una de sus mayores contradicciones.
Porque una cosa es tener los conocimientos necesarios para conseguir algo extraordinario y otra muy diferente estar preparado para afrontar todas sus consecuencias.
Trinity: cuando el mayor triunfo comienza a convertirse en una carga
El 16 de julio de 1945 se realizó en Nuevo México la prueba Trinity, la primera detonación de un arma nuclear de la historia.
Para los científicos que habían trabajado durante años en el Proyecto Manhattan, aquel momento representaba la culminación de un esfuerzo extraordinario.
Y Nolan consigue transmitirlo de una manera espectacular.
La explosión aparece ante nuestros ojos y, durante unos instantes, apenas escuchamos nada. Después llega el estruendo.
Me fascina esa utilización del silencio, porque consigue transmitir una tensión enorme sin necesidad de recurrir a una música grandilocuente que nos indique qué debemos sentir.
La escena me transmite una mezcla de fascinación, triunfo y miedo.
Por un lado, estamos presenciando un logro científico extraordinario. Por otro, sabemos que aquello que acaba de hacerse realidad tiene una capacidad destructiva terrible.
Y creo que Nolan nos invita a experimentar esa contradicción a través de Oppenheimer.
No necesariamente porque el científico se arrepintiera en aquel mismo instante, sino porque la película comienza a mostrarnos cómo su éxito va adquiriendo un significado mucho más inquietante.
Su mayor triunfo científico empieza a convertirse en su mayor conflicto moral.

Trinity, Jean Tatlock y la poesía de John Donne
Hay una curiosidad sobre el nombre de aquella prueba que descubrí después de ver la película y que me ha parecido especialmente interesante por lo que podría revelar sobre el lado más íntimo de Oppenheimer.
Jean Tatlock fue una médica estadounidense que mantuvo una relación sentimental con él antes de que se casara con Kitty. Su relación fue intensa, complicada e intermitente, marcada por acercamientos y separaciones.
Jean padecía depresión, aunque no podemos atribuir únicamente a ello las dificultades de su relación.
Era una mujer culta, interesada por la literatura y vinculada a los círculos comunistas de Berkeley. Además, compartió con Oppenheimer su admiración por la poesía del escritor inglés John Donne.
Y aquí es donde aparece una conexión muy interesante.
Trinity significa Trinidad. Años después de la prueba nuclear, el propio Oppenheimer reconoció que había sugerido aquel nombre y lo relacionó con la poesía de Donne, especialmente con su soneto XIV, que comienza:
«Batter my heart, three-person'd God».
Es decir:
«Golpea mi corazón, Dios de tres personas».
El poema hace referencia a la Santísima Trinidad cristiana y expresa una profunda lucha espiritual, marcada por la necesidad de transformación y liberación.
Oppenheimer también recordó otro poema de Donne relacionado con la enfermedad, la muerte y la esperanza de resurrección.
Y hay un detalle que me llama especialmente la atención: Jean Tatlock murió por suicidio en enero de 1944, aproximadamente un año y medio antes de la prueba Trinity.
Por eso, algunos autores han planteado la posibilidad de que el nombre tuviera también una conexión sentimental con ella.
No existe ninguna prueba concluyente de que Oppenheimer eligiera Trinity como homenaje a Jean. Él mismo reconoció que no sabía explicar con exactitud por qué había escogido aquel nombre.
Pero me resulta especialmente emotivo pensar que quizá pudiera haber encontrado en aquellos poemas una manera de expresar algo relacionado con su propia vida.
La lucha interior, la necesidad de liberarse de aquello que nos mantiene atrapados y la posibilidad de continuar después de una pérdida me hacen pensar en alguien que intenta dejar atrás el dolor sin necesidad de olvidar a quien ha formado parte de su historia.
Es una interpretación personal, no una certeza histórica. Pero la posibilidad de que uno de los acontecimientos científicos más importantes del siglo XX recibiera un nombre relacionado con unos poemas que Oppenheimer compartía con una mujer a la que había amado me parece extraordinaria.
Y también nos recuerda que detrás del científico existía una persona con sentimientos, recuerdos y pérdidas.
¿Hasta dónde llega la responsabilidad de Oppenheimer?
Esta es probablemente una de las cuestiones más difíciles que plantea su historia.
¿Hasta qué punto podemos considerar responsable a Oppenheimer de las consecuencias de las bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki?
Creo que no podemos responder simplemente con un sí o un no.
Para empezar, debemos comprender el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Existía una preocupación real por la posibilidad de que Alemania desarrollara primero la bomba atómica, aunque los nazis nunca llegaron a conseguirla.
Y considero que, cuando una persona o un país se siente amenazado, una de sus primeras reacciones es intentar protegerse.
Es algo muy humano.
Por eso creo que, aunque Oppenheimer no hubiera participado en el proyecto, probablemente otros científicos habrían intentado desarrollar aquella tecnología. Eso no significa que hubieran conseguido los mismos resultados ni que lo hubieran hecho en las mismas circunstancias.
Sin embargo, comprender el origen del Proyecto Manhattan no equivale a justificar todo lo que ocurrió después.
Alemania ya se había rendido cuando Estados Unidos lanzó las bombas sobre Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, y Nagasaki, tres días después.
Y aquí es donde considero fundamental distinguir entre la responsabilidad científica y la responsabilidad política y militar.
Oppenheimer sabía perfectamente que estaba participando en la construcción de un arma tremendamente destructiva. Incluso formó parte de un grupo de científicos que respaldó su posible utilización militar contra Japón.
Por tanto, no podemos presentarlo como alguien que desconocía lo que podía suceder.
Pero tampoco fue él quien ordenó los bombardeos.
¿Se podrían haber tomado otras decisiones? ¿Habría sido posible alcanzar una solución que evitara semejante número de víctimas?
Son preguntas que siguen formando parte del debate histórico y que no tienen una respuesta sencilla.
Personalmente, considero que Oppenheimer tuvo una responsabilidad importante en la creación del arma, pero no podemos atribuirle exclusivamente las decisiones que llevaron a utilizarla contra aquellas ciudades.
Una cosa es hacer posible algo y otra tomar la decisión definitiva de llevarlo a cabo, aunque ambas puedan implicar distintos grados de responsabilidad.
Y hay una reflexión que me parece especialmente importante.
A veces estamos tan centrados en conseguir algo, en avanzar y en demostrar hasta dónde somos capaces de llegar, que, aunque conocemos sus posibles consecuencias, no llegamos a asimilar emocionalmente lo que pueden significar.
Creo que eso pudo ocurrirle a Oppenheimer.
No es que no supiera lo que estaba construyendo. Es que una cosa es conocer científicamente las consecuencias de algo y otra muy diferente enfrentarse a ellas cuando se convierten en una realidad.
Además, el final de la guerra no supuso el final del desarrollo de armas nucleares.
Oppenheimer ya había manifestado antes de los bombardeos sus dudas sobre cómo debía continuar Los Álamos y su deseo de abandonar la dirección del laboratorio.
Su posición posterior sobre el armamento nuclear fue compleja y no consistió en oponerse a todas las armas atómicas. Sin embargo, sus reservas ante el desarrollo acelerado de la bomba de hidrógeno terminaron enfrentándolo a importantes responsables políticos y científicos.
Y aquí aparece otro aspecto que me resulta inquietante: comprobar cómo un logro científico puede terminar formando parte de una carrera armamentística que escapa al control de quienes lo hicieron posible.

De héroe nacional a hombre sospechoso
Una de las partes que más me han interesado al volver a ver la película es todo lo relacionado con la investigación contra Oppenheimer.
Me llama especialmente la atención la contradicción de que Estados Unidos confiara en él para dirigir uno de sus proyectos militares más secretos, conociendo sus antiguas relaciones con personas vinculadas al comunismo, y que años después esos mismos antecedentes fueran utilizados para cuestionar su fiabilidad.
La relación con Leslie Groves refleja bastante bien esa situación.
Groves, interpretado por Matt Damon, era un militar centrado en cumplir sus objetivos. Sabía que los antecedentes políticos de Oppenheimer despertaban sospechas, pero decidió respaldarlo porque consideraba que era la persona adecuada para dirigir el proyecto.
Y eso hay que reconocérselo.
Sin embargo, durante la investigación de 1954, aunque defendió su lealtad, también expresó reservas sobre si volvería a concederle una autorización de seguridad aplicando los criterios de aquel momento.
Entiendo sus responsabilidades militares, pero no puedo evitar pensar que podría haberlo defendido con mayor contundencia.
Me resulta contradictorio que alguien que había confiado en Oppenheimer para una responsabilidad tan extraordinaria terminara mostrando aquellas reservas cuando su reputación estaba en juego.
El incidente Chevalier: la lealtad que terminó perjudicándolo
Otro episodio que refleja muy bien las contradicciones personales de Oppenheimer es el incidente Chevalier.
Haakon Chevalier era amigo suyo y le habló de unos contactos que podían utilizarse para transmitir información científica a los soviéticos.
Oppenheimer rechazó aquella posibilidad, pero después ofreció versiones falsas y contradictorias de lo ocurrido.
Creo que intentó proteger a su amigo porque no quería verlo perjudicado. Pero también pudo influir su deseo de evitar verse personalmente implicado en un asunto que comprometiera todavía más su situación.
No considero que actuara correctamente. Mentir a los servicios de seguridad fue un error importante.
Y lo curioso es que, intentando evitar un problema, terminó proporcionando argumentos que años después serían utilizados contra él.
Ahí encuentro otra contradicción: un hombre capaz de resolver problemas científicos extraordinariamente complejos que, sin embargo, no siempre tomó las decisiones más acertadas cuando entraban en juego sus relaciones personales.
Algo parecido ocurre con su vida sentimental. Aunque parece demostrar una fuerte lealtad hacia determinadas personas de su entorno, sus infidelidades reflejan que no siempre mantuvo esa misma conducta en su matrimonio.
Por eso me cuesta verlo como un héroe perfecto, pero también me parece injusto reducirlo a sus errores.
Fue un hombre brillante, ambicioso y profundamente contradictorio.
Lewis Strauss, el orgullo y el poder
La intervención de Lewis Strauss, interpretado por Robert Downey Jr., constituye otro de los grandes conflictos de la película.
Strauss me transmite la imagen de un hombre orgulloso, ambicioso y muy preocupado por mantener su influencia política.
Personalmente, tengo la sensación de que no lleva especialmente bien que cuestionen sus decisiones o lo dejen en evidencia.
Sin embargo, sería demasiado sencillo reducir su enfrentamiento con Oppenheimer a una cuestión de resentimiento personal.
Ambos tenían diferencias importantes sobre la política nuclear estadounidense, especialmente respecto a la bomba de hidrógeno.
Lo que más me molesta de esa relación es precisamente la posibilidad de que aquellas diferencias políticas terminaran mezclándose con los conflictos personales.
Porque cuando alguien ocupa una posición de poder, permitir que el orgullo o el resentimiento condicionen sus decisiones puede tener consecuencias enormes sobre otras personas.
Strauss desempeñó un papel importante en los acontecimientos que terminaron con la retirada de la autorización de seguridad de Oppenheimer en 1954.
Y lo más inquietante es que aquel proceso no demostró que fuera un espía soviético.
Oppenheimer sí intentó defender su reputación. Solicitó una audiencia y contó con abogados y testigos, pero se enfrentó a un procedimiento profundamente desfavorable.
Sin embargo, Nolan presenta a un personaje que, en determinados momentos, parece resignarse ante las humillaciones.
Y eso me ha hecho plantearme varias interpretaciones.
Quizá Oppenheimer considera que mantener una actitud contenida le dará más credibilidad que reaccionar de manera agresiva. Tal vez piensa que todo lo que ha hecho por su país debería ser suficiente para demostrar su lealtad.
Pero también me pregunto si esa actitud podría estar relacionada con el sentimiento de culpa que arrastra por las consecuencias de la bomba atómica.
¿Y si, de alguna manera, siente que merece algún tipo de castigo?
No sabemos si esas fueron las verdaderas motivaciones del científico, pero creo que Nolan consigue plantearnos esa duda de una manera muy interesante.
Y aquí Kitty, su esposa, adquiere una importancia fundamental.
Mientras Oppenheimer parece afrontar la investigación con una actitud más contenida, ella se muestra mucho más firme y combativa.
No está dispuesta a aceptar que humillen a su marido sin plantar cara.
Esa diferencia entre ambos personajes me resulta especialmente significativa, porque refleja dos maneras muy distintas de enfrentarse a una injusticia.
Una medalla no repara una injusticia
En 1963, Oppenheimer recibió el Premio Enrico Fermi, concedido por la Comisión de Energía Atómica, la misma institución que había decidido retirarle la autorización de seguridad en 1954.
Y debo reconocer que esta parte de la historia me provoca, sobre todo, una sensación de hipocresía.
Me resulta contradictorio que las instituciones estadounidenses terminaran reconociendo públicamente la importancia de un hombre cuya carrera política habían contribuido a perjudicar, sin haber reparado oficialmente lo ocurrido.
Porque una cosa es entregar una medalla y otra muy diferente reconocer que se cometió una injusticia.
Oppenheimer murió en 1967 y no llegó a ver esa reparación.
Fue en diciembre de 2022 cuando el Departamento de Energía estadounidense anuló oficialmente la decisión de 1954, reconociendo las irregularidades y la falta de imparcialidad del procedimiento.
Cincuenta y cinco años después de su muerte.
Y eso es lo que me parece especialmente triste.
Los homenajes pueden tener un valor enorme, pero no devuelven los años perdidos ni reparan por sí solos las consecuencias de determinadas decisiones.
Por eso me resulta tan significativo el gesto de Kitty cuando, durante el homenaje, se niega a estrechar la mano de Edward Teller, cuyas declaraciones habían perjudicado a Oppenheimer durante la investigación.
Ella no necesita decir nada para dejar clara su postura.
Y creo que ese gesto resume perfectamente algo que también transmite la conversación con Einstein: las instituciones pueden acabar reconociendo públicamente a quien antes apartaron, pero eso no significa que el daño haya desaparecido.

Cillian Murphy: la extraordinaria capacidad de transmitir sin palabras
Si hay algo que considero fundamental en Oppenheimer, es la interpretación de Cillian Murphy.
Siempre me ha parecido un actor con una capacidad extraordinaria para transmitir emociones de manera contenida, pero aquí consigue llevar esa cualidad todavía más lejos.
Lo primero que me llamó la atención fue su transformación física y toda la preparación que llevó a cabo para interpretar al científico.
Me gusta informarme sobre cómo trabajan los actores, y en este caso me impresionó especialmente su dedicación.
Murphy se preparó durante aproximadamente seis meses, estudió la trayectoria de Oppenheimer y transformó su físico para acercarse a su característica delgadez.
Durante el rodaje siguió una alimentación muy restrictiva y renunció a algunas reuniones y cenas con sus compañeros, tanto por las exigencias de su preparación como por la necesidad de descansar y continuar estudiando.
Admiro enormemente esa implicación, aunque creo que el verdadero mérito de un actor no está en cuánto peso pueda perder, sino en lo que consigue transmitir después delante de la cámara.
Y hay una curiosidad que me impresionó todavía más.
Para una breve escena en la que Oppenheimer imparte una clase de física en neerlandés, Murphy pidió al director de fotografía, Hoyte van Hoytema, que le grabara el texto.
Después ralentizó la grabación y estuvo practicando fonéticamente durante semanas. En una entrevista llegó a explicar que dedicó tres meses a preparar aquella intervención.
Me parece espectacular prestar tanta atención a un diálogo tan breve.
Pero, más allá de su preparación, lo que considero verdaderamente extraordinario es la evolución que consigue mostrar en apenas tres horas.
Pasamos de un joven apasionado por la física, lleno de inquietudes y ambiciones, a un hombre seguro de sus capacidades y capaz de dirigir un proyecto científico extraordinario. Después vemos a alguien cada vez más vulnerable, marcado por sus conflictos personales, políticos y morales.
Y todo eso lo transmite de una manera completamente natural.
Hay una escena que me parece especialmente significativa: su encuentro con el presidente Harry Truman, interpretado por Gary Oldman.
Oppenheimer reconoce que siente que tiene las manos manchadas de sangre por las consecuencias de la bomba.
Truman le ofrece un pañuelo, como si pudiera limpiarse aquella sangre simbólica, y le recuerda que fue él, como presidente, quien tomó la decisión de lanzar las bombas.
Me parece un gesto tremendamente humillante.
Mientras Oppenheimer intenta expresar su angustia, recibe una respuesta despectiva. Y Murphy consigue transmitir esa vulnerabilidad mediante su postura, la manera en que mueve las manos y su expresión.
No necesita reaccionar de una forma exagerada para que comprendamos lo incómodo que se siente.
Ahí encuentro una de sus mayores virtudes: su capacidad para transmitir muchísimo haciendo aparentemente muy poco.
El discurso de Los Álamos: una auténtica catarsis emocional
Si tuviera que elegir una escena interpretativamente poderosa por encima de todas, sería el discurso que Oppenheimer pronuncia ante los trabajadores de Los Álamos después del bombardeo de Hiroshima.
Me parece una secuencia extraordinaria.
Desde el momento en que los asistentes comienzan a golpear el suelo con los pies, el sonido genera una tensión que va aumentando conforme Oppenheimer se acerca al estrado.
Y entonces aparece Cillian Murphy con una mirada que, para mí, refleja sentimientos completamente contradictorios.
La satisfacción de haber conseguido aquello por lo que llevaba años trabajando, el orgullo por su logro científico y, al mismo tiempo, el miedo, la angustia y el peso de sus consecuencias.
Es como si en aquel instante estuviera experimentando una especie de catarsis emocional.
Mientras quienes lo rodean celebran la victoria, él parece estar viviendo una realidad completamente distinta.
Las imágenes comienzan a distorsionarse, los rostros parecen desfigurarse y la celebración se transforma en una experiencia perturbadora.
Lo que más me impresiona es cómo Murphy consigue transmitir todas esas emociones prácticamente con una mirada.
Sinceramente, pocas veces he visto a un actor expresar tanto de una manera tan contenida.
Para mí, es una de las interpretaciones más impresionantes de toda la película.

Un reparto que también merece reconocimiento
Aunque Cillian Murphy es, para mí, lo más destacado de Oppenheimer, creo que está acompañado por un reparto extraordinario.
A Emily Blunt no la he seguido demasiado, aunque recuerdo que me gustó mucho en Al filo del mañana, junto a Tom Cruise.
Aquí me ha parecido especialmente convincente como Kitty, una mujer con carácter, que demuestra una enorme firmeza cuando tiene que defender a su marido.
Matt Damon siempre me ha parecido un actor espectacular y su interpretación de Leslie Groves vuelve a demostrarlo. Consigue transmitir muy bien esa personalidad autoritaria, desconfiada y centrada en cumplir sus objetivos militares.
Pero, si tuviera que destacar una interpretación secundaria, elegiría la de Robert Downey Jr.
Reconozco que nunca había seguido especialmente su trayectoria. Aunque tiene una filmografía muy amplia y variada, yo lo asociaba principalmente con Iron Man, ya que no soy demasiado aficionada al cine de superhéroes.
Sin embargo, su interpretación de Lewis Strauss me sorprendió muchísimo.
Me parece un personaje extraordinariamente bien construido e interpretado.
De hecho, recuerdo que mientras veía la película llegué a decir: «¡Vaya papelón!».
Y precisamente por esta actuación me han entrado muchas ganas de descubrir otros trabajos suyos.
He visto que tiene películas que todavía no conozco y que me llaman muchísimo la atención, como Chaplin, Zodiac o El juez.
Creo que eso también dice mucho de un actor: conseguir sorprenderte tanto con una interpretación que termine despertando tu interés por descubrir el resto de su filmografía.
Christopher Nolan: cuando la imagen, el sonido y el silencio lo cuentan todo
Uno de los aspectos que más admiro de Oppenheimer es la manera en que Christopher Nolan utiliza todos los recursos cinematográficos para construir la historia.
Para empezar, me encanta su estructura narrativa.
La alternancia entre diferentes épocas y perspectivas me parece una manera muy interesante de descubrir progresivamente los acontecimientos y comprender cómo todo termina relacionándose.
No considero que sea una película especialmente difícil de seguir. Lo que puede resultar más complicado durante un primer visionado es comprender determinados conflictos históricos si no conocemos previamente a sus protagonistas.
En mi caso, informarme sobre la vida de Oppenheimer hizo que pudiera disfrutar mucho más de todas esas conexiones la segunda vez.
También me parece espectacular la fotografía de Hoyte van Hoytema.
Siempre me han gustado especialmente las imágenes en blanco y negro. Hay algo en ellas que me transmite una fuerza expresiva y una profundidad diferentes a las fotografías en color.
Por eso recuerdo que, cuando comenzaron a aparecer aquellas secuencias, pensé inmediatamente en lo mucho que me gustaba esa elección.
Y todavía me interesa más saber que no responde únicamente a una cuestión estética.
Las imágenes en color nos acercan principalmente a la perspectiva subjetiva de Oppenheimer, mientras que el blanco y negro acompaña una narración más externa, especialmente la relacionada con Strauss.
Pero lo que termina de cautivarme es la combinación de esa fotografía con el montaje, el sonido y la música de Ludwig Göransson.
Me parece impresionante cómo Nolan consigue convertir una película de tres horas, en la que predominan las conversaciones, en una experiencia de enorme tensión.
Hay un momento que recuerdo perfectamente: los interrogatorios hacia el final de la película.
A medida que las preguntas aumentan en intensidad, la música también va creciendo hasta generar una sensación casi insoportable.
Durante el primer visionado llegué a detener la película porque sentía que me iba a explotar la cabeza de lo que estaba experimentando.
Y lo curioso es que, al verla por segunda vez, volví a sentir exactamente lo mismo.
Se me pusieron los pelos de punta.
Creo que ahí está una de las mayores virtudes de Nolan: conseguir que una conversación pueda resultar tan intensa como una escena de acción.
Mostrar el horror sin enseñar los bombardeos
Hay otra decisión cinematográfica que me parece especialmente brillante: Nolan no muestra directamente los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.
En lugar de recrear explícitamente la destrucción de aquellas ciudades, centra gran parte del relato en la perspectiva de Oppenheimer y en su manera de enfrentarse a las consecuencias humanas de lo ocurrido.
Y creo que ahí está lo extraordinario de su propuesta.
Sin ver lo que ha ocurrido, estamos sintiéndolo.
Los silencios, las miradas, el sonido y la extraordinaria interpretación de Cillian Murphy consiguen transmitir el conflicto moral del protagonista sin necesidad de mostrarnos directamente las explosiones ni a sus víctimas.
Es una elección artística que admiro mucho, aunque también entiendo que pueda cuestionarse porque deja fuera la experiencia directa de las personas que sufrieron aquellos bombardeos.
Y creo que debemos tener algo claro: el sufrimiento moral de Oppenheimer no puede equipararse al de las víctimas.
Sin embargo, la película no pretende ofrecer todas las perspectivas de aquella tragedia, sino acercarnos especialmente a la experiencia del científico.
Y, desde ese punto de vista, considero que Nolan consigue algo extraordinario.
La reacción en cadena que nunca terminó
La conversación final entre Einstein y Oppenheimer me parece una de las reflexiones más importantes de toda la película.
Durante el desarrollo de la bomba, los científicos estudiaron la posibilidad de que la explosión pudiera desencadenar una reacción nuclear capaz de propagarse por la atmósfera.
Los cálculos permitieron descartar aquella posibilidad.
Sin embargo, Nolan recupera ese temor al final de la historia y le da un significado completamente diferente.
La prueba Trinity no provocó una reacción física capaz de destruir el planeta, pero el desarrollo de las armas nucleares abrió una nueva etapa en la que la humanidad adquirió la capacidad de destruirse mediante una guerra nuclear.
Y creo que ahí está el verdadero sentido de la última conversación entre ambos científicos.
No significa que la destrucción del mundo sea inevitable, sino que hemos creado algo cuyas consecuencias pueden superar nuestra capacidad para controlarlo.
El ser humano tiene una capacidad extraordinaria para avanzar científicamente, pero también para utilizar esos avances de manera destructiva.
No sé si podemos decir que somos destructivos por naturaleza, pero la historia demuestra hasta dónde podemos llegar cuando el miedo, el poder y determinados intereses terminan imponiéndose sobre las consecuencias humanas.
Y quizá por eso me parece tan impactante el final.
Porque Oppenheimer consigue aquello que se había propuesto, pero también contribuye a iniciar una era en la que el peligro de una catástrofe nuclear seguirá existiendo mucho después de su muerte.
La escena resume perfectamente la contradicción que atraviesa toda la película.
Mucho más que una película sobre la bomba atómica
Recomendaría Oppenheimer independientemente de que se conozca o no la historia de su protagonista.
Para mí, es un peliculón.
No creo que sea imprescindible tener conocimientos de física o historia para disfrutarla, aunque considero que cuanto más conocemos el contexto, más detalles podemos apreciar y más profundamente podemos analizar las decisiones cinematográficas de Nolan.
De hecho, mi interés por Oppenheimer ha crecido tanto después de estos dos visionados que tengo muchas ganas de leer Prometeo americano, la biografía de Kai Bird y Martin J. Sherwin en la que se basa la película.
Quiero seguir descubriendo aspectos de su vida que una adaptación cinematográfica necesariamente tiene que seleccionar o condensar.

Pero, sobre todo, me gustaría que quien lea este artículo se quedara con una reflexión.
Oppenheimer fue mucho más que el científico que dirigió la creación de la bomba atómica.
Fue un hombre extraordinariamente inteligente, apasionado por su trabajo, ambicioso y lleno de contradicciones. Una persona que cometió errores, que tomó decisiones cuestionables y que tuvo que enfrentarse a las consecuencias de aquello que había contribuido a crear.
Creo que es fácil juzgar a alguien cuando conocemos el final de su historia, pero no siempre resulta tan sencillo comprender las circunstancias que lo llevaron a actuar de una determinada manera.
Y eso no significa justificarlo todo.
Significa comprender que detrás de los grandes acontecimientos históricos también hay personas, con sus miedos, sus ambiciones y sus debilidades.
Christopher Nolan consigue trasladar toda esa complejidad a la pantalla, mientras que Cillian Murphy nos permite ver al hombre que existe detrás del científico.
Porque Oppenheimer no es únicamente una película sobre la creación de la bomba atómica. Es también una historia sobre la ambición, el poder, la responsabilidad y las consecuencias de nuestras decisiones.
Y si tuviera que resumir lo que me ha dejado esta película en una sola reflexión, sería esta:
A veces, lo más difícil no es conseguir aquello que tanto deseamos, sino aprender a convivir con las consecuencias de haberlo conseguido.
Crédito de la fotografía destacada: imagen promocional de Oppenheimer, distribuida a prensa por Movistar Plus+ Comunicación. Las fotografías históricas y la portada acreditan sus fuentes en los pies de imagen.
Aviso de atribución de Los Alamos National Laboratory (fotografía de J. Robert Oppenheimer): Unless otherwise indicated, this information has been authored by an employee or employees of the Los Alamos National Security, LLC (LANS), operator of the Los Alamos National Laboratory under Contract No. DE-AC52-06NA25396 with the U.S. Department of Energy. The U.S. Government has rights to use, reproduce, and distribute this information. The public may copy and use this information without charge, provided that this Notice and any statement of authorship are reproduced on all copies. Neither the Government nor LANS makes any warranty, express or implied, or assumes any liability or responsibility for the use of this information.

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