Ejemplar de Rebelión en la granja, de George Orwell, fotografiado para Disfrutario.

Rebelión en la granja, de George Orwell: ¿quién controla a quien manda?

Rebelión en la granja nació como una sátira de la Revolución rusa y el estalinismo, pero sus personajes siguen planteando preguntas sobre poder, propaganda, trabajo y obediencia. Una lectura de George Orwell sin spoilers y más allá de quién representa a quién.

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Rebelión en la granja tiene un pequeño problema antes incluso de empezar a leerla: es difícil llegar completamente a ciegas. Aunque nunca hayas abierto el libro, seguramente sepas que George Orwell utilizó una granja y sus animales para hablar de la Revolución rusa, del estalinismo y de cómo una idea construida alrededor de la igualdad puede deformarse cuando aparecen el poder, los privilegios y la propaganda.

Yo llegué con unas expectativas altas y pensando que, en cuanto entendiera bien las equivalencias históricas, buena parte de la historia sería previsible. Y sí, hay cosas que se ven venir. Da bastante igual. El libro es corto, ágil y tremendamente fácil de leer, con momentos que incluso tienen gracia y otros mucho más duros. Orwell consigue que quieras seguir avanzando aunque intuyas hacia dónde está llevando la granja.

Lo que terminó enganchándome fue observar cómo se comportaban los animales cuando empezaban a aparecer diferencias de poder. La referencia histórica sigue ahí, claro, pero llega un momento en que importa menos descubrir quién representa a quién y mucho más ver qué hace cada uno cuando alguien empieza a decidir por los demás.

De ahí salió la pregunta que más vueltas me dio durante la lectura: si consigues cambiar a quien manda, ¿qué hace falta para que cambie también la forma de mandar?

Una fábula política que sigue entrando sola

Orwell tenía bastante claro lo que estaba haciendo. En Why I Write, publicado en 1946, explicó que desde la Guerra Civil española había orientado su trabajo serio contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático tal como él lo entendía. También presentó Animal Farm como la primera obra en la que había intentado unir de manera consciente sus intenciones políticas y artísticas.

Tiene sentido cuando lees el libro. Podría haber desarrollado muchas de estas ideas mediante un ensayo, pero decidió montar una granja llena de animales que trabajan, discuten, obedecen, compiten y tratan de organizarse. Hay lucha de clases, propaganda, miedo, privilegios y disputas por el liderazgo, todo dentro de una historia que puede seguirse incluso sin conocer demasiado bien la historia de la Unión Soviética.

Conviene saber de dónde viene la novela para entender mejor hasta dónde quería llegar Orwell. En el prefacio de la edición ucraniana explicó que su experiencia durante la Guerra Civil española le había mostrado hasta qué punto la propaganda podía alterar la percepción de unos acontecimientos. A su regreso a Inglaterra empezó a considerar especialmente importante combatir lo que llamaba el “mito soviético” y describió una URSS cada vez más jerarquizada, muy alejada del socialismo que él defendía.

La Revolución rusa está, por tanto, en los cimientos de Rebelión en la granja. Ignorarla dejaría fuera una parte esencial del libro. Convertir cada página en un examen para descubrir qué figura histórica se esconde detrás de cada animal también limita bastante la lectura. Saber qué inspira a Napoleón o a Bola de Nieve aporta contexto; observar qué hacen esos personajes cuando empiezan a disputar influencia abre un terreno mucho más interesante.

También ayuda recordar la posición del propio Orwell. Hablaba desde el socialismo democrático y escribió expresamente contra el totalitarismo. La lectura gana matices cuando se tiene eso presente, porque la preocupación del libro apunta especialmente hacia la concentración de poder, la desaparición del debate y la facilidad con la que unos principios pueden quedar subordinados a quienes terminan administrándolos.

Orwell escribió además sobre el peligro de sustituir una ortodoxia por otra. En el prefacio inicialmente pensado para Animal Farm utilizó la imagen de una “mente de gramófono” para referirse a quienes repiten mecánicamente el discurso que toca en cada momento. La imagen encaja muy bien con la granja: cambiar el mensaje aporta poco cuando permanece intacta la costumbre de repetirlo sin plantearse demasiado por qué.

Detalle de los cantos negros de la edición especial de Rebelión en la granja, de George Orwell.
La edición leída para este artículo, con traducción de Marcial Souto y cantos tintados en negro. Foto: Alberto Plaza / Disfrutario.

Cuando alguien tiene que empezar a decidir

El punto de partida de los animales resulta fácil de entender. Consideran injustas sus condiciones de vida, trabajan para otros y quieren construir algo mejor. Hay una idea de igualdad, de esfuerzo colectivo y de que todos deberían beneficiarse de aquello que producen.

Sobre el papel suena estupendo. Las complicaciones llegan cuando toca organizarlo.

Alguien tiene que proponer cosas, coordinar el trabajo y tomar determinadas decisiones. Unos animales saben leer mejor, otros tienen más facilidad para expresarse y algunos comprenden antes que el resto cómo utilizar esas diferencias. Las mismas capacidades que permiten organizar una comunidad también pueden servir para acumular influencia dentro de ella.

El problema del poder puede empezar mucho antes de que alguien se comporte abiertamente como un tirano. Basta con que unas pocas figuras concentren cada vez más información y capacidad de decisión mientras el resto se acostumbra a que sean ellas quienes resuelvan los asuntos importantes.

Con Napoleón y Bola de Nieve aparece además algo tan viejo como aquello de tener dos gallos en el mismo gallinero. Ambos quieren influir sobre el futuro de la granja y representan formas distintas de intentar conducirla.

Curiosamente, ninguno de los dos fue el personaje que más me interesó.

Ese puesto se lo quedó Chillón.

Chillón puede ser más importante que Napoleón

Napoleón representa una forma de poder bastante evidente. Chillón trabaja en un terreno mucho más agradecido para conservarlo: explicar por qué todo lo que se hace tiene sentido.

Y eso, para mí, lo convierte en uno de los personajes más importantes del libro.

Chillón sabe hablar. Maneja el miedo, las cifras, los recuerdos poco claros y la información que los demás animales apenas pueden comprobar. Con esos ingredientes puede presentar una decisión incómoda como una necesidad o hacer que una alternativa parezca mucho peor de lo que realmente sabemos sobre ella.

Un estudio publicado en 2024 sobre la manipulación lingüística en Animal Farm identifica recursos como la repetición, los falsos dilemas, la distorsión de acontecimientos anteriores y la creación de chivos expiatorios entre las estrategias utilizadas en la novela. También distingue entre las tácticas de Napoleón, más apoyadas en señalar culpables, y las de Chillón, centradas especialmente en deformar lo ocurrido y perpetuar determinadas versiones de los hechos.

Mientras leía, Chillón me recordaba mucho a ese mando intermedio que sabe perfectamente cómo viven los de abajo porque él también ha estado allí, consigue acercarse a quien manda y descubre que su nueva comodidad depende de seguir teniendo contento al de arriba. Su posición mejora gracias a una determinada organización y, desde ese momento, también empieza a tener motivos propios para defenderla.

Por eso me parece incluso más interesante que Napoleón. Una cosa es mandar y otra conseguir que los demás encuentren razones para aceptar que mandes. La fuerza puede conseguir obediencia. La propaganda añade algo mucho más útil: argumentos para justificarla.

Y cuando las cosas salen mal siempre queda una herramienta especialmente cómoda, la cabeza de turco. Encontrar a alguien sobre quien colocar la culpa evita revisar errores, responsabilidades o decisiones tomadas por quienes siguen al frente. La explicación ya viene preparada y, además, es mucho más sencilla de repetir.

Boxeador y la fe en que trabajar más servirá para algo

Si Chillón fue el personaje que más me hizo pensar en cómo se sostiene el poder, Boxeador fue probablemente el que más pena me dio.

Tiene buenas intenciones. Quiere que aquello funcione, cree en el esfuerzo común y está dispuesto a partirse el lomo para conseguirlo. Cuando aparecen problemas, su respuesta consiste en trabajar todavía más. Si hace falta un esfuerzo extra, ahí está él.

Precisamente ahí está su gran debilidad.

Boxeador confía en que trabajar duro, ser leal y contribuir todo lo posible acabará beneficiando al conjunto. Cuando algo va mal, mira primero hacia sí mismo y se pregunta cuánto más puede aportar. Esa forma de entender el compromiso tiene algo admirable, pero deja buena parte del resultado en manos de quienes deciden cómo utilizar su trabajo.

Me llevó enseguida a pensar en ese trabajador convencido de que el jefe terminará valorando especialmente todo lo que hace porque siempre está disponible, acepta más responsabilidades y nunca pone una pega cuando toca echar horas. Puede ocurrir. También puede pasar que simplemente se convierta en la persona de la que todos saben que siempre se puede sacar un poco más.

Boxeador decide cuánto está dispuesto a trabajar, pero no puede decidir qué harán otros con ese esfuerzo.

Puedes creer sinceramente en un proyecto común y dejarte la piel por él. Quien organiza tu trabajo puede tener una idea distinta sobre dónde termina ese bien común y dónde empiezan sus propios intereses.

Orwell concentra esa tensión en un caballo que responde a casi cualquier dificultad ofreciendo más de sí mismo. Funciona especialmente bien porque sus buenas intenciones nunca están en duda.

Benjamín: seguir las reglas sin seguir a nadie

Benjamín me produjo una reacción distinta porque, de todos los animales, probablemente sea aquel cuya actitud me resulta más cercana.

Mi forma de resumirlo mientras leía era sencilla: sigue las reglas, pero no sigue a nadie.

Ha visto demasiado como para emocionarse fácilmente. Escucha las promesas, observa los cambios y parece partir de la idea de que su vida tampoco va a mejorar demasiado porque alguien anuncie una nueva etapa. Esa forma de pensar puede parecer muy pesimista, pero tiene una ventaja evidente: cuesta bastante más venderle cualquier discurso.

Entiendo perfectamente esa postura. Cuando escuchas suficientes promesas, esperar poco puede convertirse en una especie de mecanismo de defensa. Si no compras el entusiasmo, tampoco recibes el mismo golpe cuando las cosas terminan muy lejos de lo anunciado.

Mi primera reacción fue pensar que Benjamín simplemente veía con más claridad que el resto. Después de terminar el libro me apareció una duda bastante menos cómoda: ¿de qué sirve darse cuenta si luego te limitas a mirar?

Ahí el personaje gana muchísimo.

El escepticismo protege frente a determinados discursos, pero también puede terminar convertido en resignación. Si partes de que todos acabarán decepcionando, resulta tentador asumir que participar servirá de poco y limitarse a observar.

Benjamín puede desconfiar de todos. La desconfianza, por sí sola, tampoco construye demasiado.

Hay bastante distancia entre no dejarse engañar y saber qué hacer con aquello que uno comprende. Esa fue una de las ideas que más vueltas me dio una vez terminado el libro.

Las ovejas: repetir siempre sale más barato que pensar

Luego están las ovejas, posiblemente la elección menos sutil de Orwell y también una de las más acertadas.

Aprenden consignas sencillas y las repiten. Tampoco necesitan mucho más.

Pensar exige conocer aquello de lo que se habla, escuchar otras posiciones y aceptar matices. A veces también obliga a reconocer que una idea que defendíamos necesitaba una revisión. Una consigna ahorra buena parte de ese proceso: proporciona una respuesta corta, fácil de memorizar y lista para utilizar.

La diferencia de conocimientos dentro de la granja hace el resto. Algunos animales saben leer y escribir con soltura; otros apenas dominan unas pocas letras. Unos entienden cifras, normas y argumentos complejos, mientras otros dependen de las explicaciones que reciben.

Esa desigualdad condiciona la capacidad de comprobar lo que se escucha. Controlar mejor la información también da más herramientas para orientar cómo la interpretarán los demás.

Por eso Chillón y las ovejas se complementan tan bien. Él construye el relato y ellas disponen de una respuesta que evita analizar cada decisión por su cuenta.

La inteligencia tampoco garantiza buenas intenciones. Saber más puede ayudarte a detectar una manipulación y también a construir una mucho mejor.

La pregunta que me quedó al terminarlo

Me ha gustado mucho Rebelión en la granja. Ha cumplido con las expectativas que tenía y, aunque conocer su contexto hace que algunas cosas sean previsibles, eso apenas le resta fuerza. Orwell consigue contar muchísimo en muy pocas páginas y hacerlo con una sencillez que ayuda a entender por qué seguimos hablando del libro más de ocho décadas después.

Lo curioso es que terminé pensando mucho menos en las equivalencias históricas de lo que esperaba. La Revolución rusa y el estalinismo siguen formando parte esencial de la obra, pero mi lectura acabó yendo hacia otro lado: Chillón justificando, Boxeador trabajando, Benjamín desconfiando y las ovejas repitiendo. Distintas maneras de relacionarse con una organización en la que unos van acumulando más capacidad de decisión que otros.

Eso me devuelve a la duda que apareció mientras leía.

Los animales quieren cambiar unas condiciones que consideran injustas y, desde el momento en que empiezan a organizarse, también tienen que resolver quién decide, cómo se controla esa autoridad, qué información llega al resto y qué posibilidades existen de cuestionar las decisiones tomadas.

Si cambia quien está arriba, ¿qué impide que la nueva organización empiece a repetir aquello que llevó a querer cambiar la anterior?

Orwell escribió pensando en una revolución concreta. Entender quién representa a quién dentro de la granja es relativamente fácil.

Lo complicado viene justo después: responder a esa pregunta.

Avatar de Alberto Plaza

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2 respuestas

  1. Avatar de Robert
    Robert

    Estupendo análisis, gracias.

    1. Avatar de Alberto Plaza

      ¡Gracias a ti por pasarte!

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