Bill Furlong habla con Sarah Raymond en una escena de Small Things Like These.
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Small Things Like These: el miedo detrás del silencio

Una lectura de la novela de Claire Keegan y de su adaptación con Cillian Murphy sobre el miedo, el silencio y la responsabilidad individual, con el contexto real de las Magdalene Laundries.

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Cuando terminé Small Things Like These, lo que más se me quedó dentro no fue una escena concreta, sino una pregunta: qué responsabilidad tenemos cuando sabemos —o empezamos a sospechar— que algo está mal.

Había leído primero la novela de Claire Keegan. Llegué a ella por mi admiración por Cillian Murphy: viendo entrevistas suyas empecé a interesarme por los libros que leía y recomendaba, descubrí que este estaba entre los que le habían marcado y quise conocerlo. Que después protagonizara la adaptación hizo que tuviera todavía más ganas de verla.

Tanto el libro como la película me dejaron tristeza, rabia e impotencia, aunque también algo de esperanza. Bill Furlong descubre una realidad que ya no puede ignorar y tiene que decidir qué hacer con lo que ha visto. Desde fuera parece fácil pensar cuál es la respuesta correcta; deja de serlo cuando actuar puede afectar a tu familia, tu trabajo o la vida que has construido.

Cuando después empecé a conocer mejor la historia real de las Magdalene Laundries, esa pregunta se hizo todavía más incómoda. También me obligó a desconfiar de una explicación demasiado sencilla: que todo el mundo sabía exactamente lo que ocurría y decidió callar.

Había silencio, sí, pero detrás podían existir miedo, presión social, poder, religión, costumbre y personas con grados muy distintos de información y capacidad para actuar.

Más que el silencio, para mí el verdadero personaje es el miedo.

AVISO DE SPOILERS

Este artículo habla de momentos importantes de Small Things Like These, tanto de la novela como de la película, incluido su desenlace.

Una historia pequeña que cuenta exactamente lo necesario

Una de las cosas que más me sorprendió de Claire Keegan fue comprobar cuánto podía contar con tan pocas páginas. Small Things Like These es una novela muy breve, pero nunca tuve la sensación de que le faltara algo. Está tan medida que casi todo parece estar ahí por una razón.

Keegan va directamente a Bill, a su pasado, a lo que empieza a descubrir y al conflicto que se abre dentro de él. Su escritura me parece sencilla, contenida y muy directa, y deja suficiente espacio para que el lector complete silencios y emociones sin que le expliquen constantemente qué debe sentir.

La película de Tim Mielants conserva muy bien esa forma de contar. También suceden relativamente pocas cosas y tampoco necesita que ocurran más. A mí me atrapó precisamente porque nunca sentí que estuviera esperando a que empezara «lo importante»: lo importante ya estaba ocurriendo dentro de Bill.

El entorno acompaña muchísimo. El frío, el carbón, las calles, el convento y los silencios construyen una tristeza que parece seguir al personaje. Y después está la Navidad, que me resulta especialmente importante por el contraste que introduce. Estamos acostumbrados a relacionarla con la familia, la generosidad, los regalos o el cuidado de los demás, mientras Bill descubre muy cerca de su casa una realidad completamente opuesta.

Hay varios momentos que se me quedaron grabados. Uno es cuando abre el cobertizo del convento y encuentra allí a una chica encogida y llorando. También sus recuerdos de la infancia durante la Navidad, que aparecen mientras le vemos pasar esas mismas fechas con su propia familia. Y me marcó bastante la escena de la peluquería, porque Bill apenas necesita hablar para que entendamos que lleva dentro algo que ya no sabe cómo gestionar ni con quién compartir.

Sí eché de menos algo más de dureza en determinados momentos, tanto en el libro como en la película. Es una valoración muy personal y no tiene que ver con buscar morbo. Simplemente creo que una o dos escenas algo más crudas podrían haber hecho todavía más difícil apartar la mirada de aquello que estaba ocurriendo.

Al mismo tiempo, entiendo perfectamente la decisión de Keegan y Mielants. La contención forma parte de la historia. No necesitan convertir el sufrimiento en espectáculo para que sepamos que está ahí.

Bill Furlong tiene demasiado que perder para ser un héroe sencillo

Bill funciona para mí porque es un hombre completamente corriente. Tiene una mujer, cinco hijas, un trabajo, responsabilidades y una vida que intenta sacar adelante cada día. No aparece como alguien destinado a enfrentarse a una gran injusticia ni como una persona excepcionalmente valiente.

Lo que descubre en el convento le afecta por sí mismo, pero además le obliga a mirar hacia atrás. Bill sabe que su propia vida podría haber sido muy distinta si su madre no hubiera encontrado a una persona que la acogiera y le permitiera criarle. Cuando se encuentra con aquellas chicas, le resulta mucho más difícil tratarlas como un problema ajeno.

Precisamente sus hijas hacen que todo le quede todavía más cerca. En otras circunstancias, alguna de ellas podría necesitar ayuda y quedar expuesta a personas o instituciones capaces de decidir por ella. Bill no está viendo únicamente a unas chicas desconocidas; puede imaginar a sus propias hijas en su lugar.

Desde que soy madre entiendo esa parte de otra manera. Hay decisiones que pueden parecer clarísimas cuando las consecuencias recaen únicamente sobre ti y que cambian cuando empiezas a pensar también en lo que podría ocurrirle a tu hijo. Proteger a tu familia forma parte de tu responsabilidad, y por eso me cuesta reducir el dilema de Bill a una elección simple entre valentía y cobardía.

Tampoco le considero un héroe puro. Sabe que puede perder cosas importantes. La presión que recibe toca precisamente aquello que más le importa y le hace entender que enfrentarse al convento puede tener consecuencias para su propia familia.

Lo que admiro en su decisión no es una ausencia de miedo, sino que llega un punto en el que seguir callado le resulta más difícil que asumir el riesgo de actuar. Todo lo que ha vivido termina empujándole hacia ahí: si vuelve a cerrar los ojos, tendrá que convivir también con la idea de que a él, en otro momento de su vida, sí hubo alguien que le ofreció una oportunidad.

Por qué una comunidad puede aprender a callar

Una comunidad puede terminar protegiendo algo injusto por razones muy distintas. Una persona puede no querer complicarse la vida, pero también temer perder el trabajo, perjudicar a su familia, quedar señalada o enfrentarse a instituciones que tienen muchísimo más poder.

A eso se pueden sumar la religión y la costumbre. Cuando una situación injusta lleva mucho tiempo integrada en una sociedad, existe el peligro de que termine formando parte del paisaje. No hace falta aprobarla para contribuir a que continúe. A veces basta con asumir que las cosas siempre han sido así, convencerse de que no van contigo o esperar que sea otro quien haga algo.

Sister Mary, interpretada por Emily Watson, en una escena de Small Things Like These.
Emily Watson como Sister Mary en Small Things Like These. Foto: Enda Bowe / Lionsgate. Material de prensa facilitado por Filmin.

Pero aquí necesito conservar un matiz importante: no sabemos qué conocía exactamente cada persona. Puede que hubiera gente que realmente no supiera nada. Otras personas quizá habían oído rumores y no los creían. Algunas podían sospechar que algo estaba mal y preferir no hacer demasiadas preguntas. Y también habría quienes conocían bastante más y decidían callar.

No creo que todas esas situaciones puedan juzgarse de la misma manera. Para mí hay una diferencia entre no saber y sospechar. Cuando empiezas a sospechar que alguien está sufriendo y prefieres no averiguar demasiado porque conocer la respuesta podría obligarte a tomar una decisión, la responsabilidad cambia.

También somos muy rápidos imaginándonos desde el presente diciendo «yo habría hablado» o «yo habría hecho algo». Quizá sí. Pero hacemos ese juicio sabiendo cómo terminó la historia, con mucha más información y sin estar sometidos a las mismas presiones.

Por eso intento mantener juntas dos ideas que para mí no se contradicen: el miedo puede ayudar a explicar el silencio, pero no lo justifica. Comprender por qué una persona pudo callar no significa absolverla; significa intentar entender la situación antes de colocarnos moralmente por encima de todo el mundo que estuvo dentro de ella.

Qué sabemos de las Magdalene Laundries y qué no conviene simplificar

Yo no conocía las Magdalene Laundries antes de leer Small Things Like These. Descubrir que detrás de la ficción había una realidad histórica me hizo querer saber qué había ocurrido de verdad, y una de las primeras cosas que me sorprendieron fue lo reciente que resulta: el último de los centros incluidos en este marco cerró en 1996.

Cuanto más lees, más difícil se vuelve reducir aquella historia a una única explicación. Las diez Magdalene Laundries estudiadas por el informe McAleese estaban gestionadas por cuatro congregaciones religiosas, pero el propio informe documentó también una implicación real del Estado irlandés.

En los casos en los que pudo determinarse la vía de entrada, 2.124 de 8.025 admisiones —aproximadamente un 26,5 %— fueron realizadas o facilitadas por organismos estatales. Existieron además otras vías relacionadas con familiares, sacerdotes, traslados entre instituciones y distintas circunstancias personales. Por eso no sería correcto presentar un embarazo fuera del matrimonio como la explicación universal de cómo una mujer acababa allí.

También conviene diferenciar las Magdalene Laundries de las Mother and Baby Homes. Forman parte de capítulos relacionados de la historia social irlandesa y existen conexiones entre distintos tipos de instituciones, pero no eran lo mismo ni deben utilizarse como si fueran términos intercambiables.

Las mujeres trabajaban en las lavanderías sin recibir un salario por ese trabajo y existieron contratos con organismos públicos. Había, por tanto, una dimensión económica que merece explicarse. Eso no significa que todas las instituciones puedan describirse sin más como enormes negocios extraordinariamente lucrativos: el propio informe analiza de manera separada los contratos, la financiación y la viabilidad económica, y ese matiz me parece importante.

Libro de registro de clientes de la Magdalene Laundry de High Park, en Drumcondra.
Libro de registro de la Magdalene Laundry de High Park. Foto: The Little Museum of Dublin / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).

La investigación oficial también tiene límites que no conviene perder de vista. El cometido del informe McAleese era establecer los hechos relativos a la implicación del Estado; no era una investigación penal destinada a resolver todas las denuncias de abusos. Años después, el Comité contra la Tortura de Naciones Unidas volvió a reclamar una investigación independiente, exhaustiva y efectiva sobre las denuncias de malos tratos. Testimonios de supervivientes, documentación oficial y críticas posteriores de organismos internacionales pertenecen, por tanto, a capas distintas de una historia que no debería reducirse a una sola fuente.

Hay además una precisión importante en relación con la ficción. Keegan sitúa la historia en New Ross en 1985, pero la institución que aparece en la novela no debe interpretarse como una reproducción histórica literal de la lavandería real de la localidad: la Good Shepherd Magdalene Laundry de New Ross había cerrado en 1967.

Nada de esto hace menos grave la realidad histórica. Al contrario, creo que tratarla con precisión evita necesitar exagerarla para que resulte terrible. Y también impide reducir a las mujeres que pasaron por esas instituciones únicamente a aquello que les hicieron: eran personas con familias, relaciones, proyectos y futuros que quedaron condicionados por lo que vivieron.

No todas las responsabilidades son iguales

Después de investigar, tampoco me parece suficiente resumir lo ocurrido diciendo simplemente que «la Iglesia hizo esto». Las congregaciones que gestionaron las lavanderías tuvieron una responsabilidad directa y enorme, pero alrededor existieron también organismos públicos, familias, otras instituciones y una sociedad que permitió que aquel sistema continuara durante décadas.

Reconocer esas otras responsabilidades no significa repartir la culpa por igual. Para mí, quien provoca directamente una injusticia tiene una responsabilidad distinta y mayor que quien sabe que está ocurriendo y no interviene. Si ponemos a todos en el mismo nivel, también deformamos el problema.

Con las familias me cuesta especialmente hacer juicios absolutos. Que algunas llevaran a mujeres hasta estas instituciones resulta muy difícil de comprender, pero tampoco quiero imaginar cada decisión fuera del contexto social en el que se tomó. El miedo al rechazo, la presión religiosa, la vergüenza y las normas sobre cómo debía comportarse una mujer podían condicionar enormemente a una familia. Comprender ese contexto no convierte la decisión en correcta.

Con el Estado ocurre algo distinto. Cuando organismos públicos derivan personas, mantienen contratos o forman parte de las vías que sostienen un sistema, ya no estamos ante una realidad que pueda describirse únicamente como privada o religiosa.

Y después queda la responsabilidad individual. Si sabes que alguien está sufriendo y decides conscientemente no hacer nada, quizá no seas culpable de aquello que le han hecho. Sí puedes tener que convivir con haber decidido no intervenir.

Aun así, me cuesta hablar de una obligación absoluta que exija a cualquier persona poner siempre en peligro a su familia, su trabajo o su propia seguridad. Hay situaciones en las que querer hacer lo correcto y tener capacidad real para hacerlo son cosas diferentes.

Bill coloca precisamente esa contradicción delante de nosotros. Tiene miedo, sabe que puede haber consecuencias y podría encontrar razones perfectamente comprensibles para no meterse. Pero también sabe que hay una persona concreta delante de él y que puede ayudarla.

La novela me dejó entrar en Bill; Cillian Murphy me hizo sentirlo

Si tuviera que elegir cuál de las dos versiones me impactó más, probablemente me quedaría ligeramente con la novela. Tiene mucho que ver con el espacio que deja a la imaginación y con la posibilidad de entrar directamente en los pensamientos de Bill. Puedo acompañar de una manera muy íntima la relación entre lo que ve, lo que recuerda y aquello que empieza a plantearse.

La película me parece, aun así, muy fiel al espíritu del libro. No tuve la sensación de echar en falta nada esencial ni de que intentara inflar la historia para hacerla más cinematográfica. Lo que cambia sobre todo es la manera de entrar en Bill.

En la novela puedo leer sus pensamientos. En la película tengo delante a Cillian Murphy.

Soy perfectamente consciente de que le admiro muchísimo como actor y de que eso influye en mis expectativas. Me parece uno de los mejores de su generación y tenía muchísimas ganas de verle en un personaje como este. Aun partiendo de ahí, creo que su interpretación encaja especialmente bien con Bill porque entiende perfectamente la importancia de la contención.

Murphy transmite muchísimo mediante la mirada, los gestos, la postura o la forma de quedarse en silencio. Hay escenas en las que prácticamente basta observar cómo está sentado, cómo se lava las manos o cómo mira a otra persona para entender que dentro de él está ocurriendo algo mucho más grande de lo que expresa.

Me transmite tristeza, soledad, vulnerabilidad, miedo, culpa e impotencia sin convertir ninguna de esas emociones en una exhibición. La película hace más inmediato el dolor de Bill: en la novela lo entiendo y acompaño sus pensamientos; delante de Murphy tengo la sensación de sentirlo más cerca.

Y aun así no quiero convertir Small Things Like These en otro artículo sobre Cillian Murphy. Podría hablar durante muchísimo tiempo de su interpretación, pero aquí me interesa por una razón muy concreta: consigue trasladar al cine una vida interior que Keegan podía contar directamente desde la página.

Para mí, libro y película terminan complementándose. La novela me deja entrar más profundamente en Bill; la adaptación consigue que parte de ese dolor tenga un cuerpo, una mirada y una presencia.

Cambiar el mundo de alguien

Después de leer la novela y ver la película, el propio título empezó a tener para mí mucho más sentido.

Pensamos a menudo que una acción pequeña sirve de poco frente a un problema enorme. Si no podemos cambiar un sistema entero, parece que aquello que hagamos va a ser insignificante. Pero depende de desde dónde lo mires.

La decisión de Bill no acaba con las Magdalene Laundries, no derriba una institución ni cambia de golpe la sociedad que ha permitido que exista. Para la chica a la que ayuda, sin embargo, la diferencia entre que Bill abra esa puerta o vuelva a cerrarla puede significarlo absolutamente todo.

Ahí está para mí la esperanza que conserva Small Things Like These. No en pensar que basta con que aparezca una buena persona para solucionar una tragedia colectiva, sino en recordar que una acción individual puede tener valor aunque no sea suficiente para cambiar el sistema por sí sola.

La historia también me hace pensar inevitablemente en nuestro presente. Estoy segura de que existen injusticias que hoy tenemos demasiado normalizadas y que quizá dentro de unas décadas otras personas miren preguntándose cómo pudimos aceptarlas. No necesariamente porque estemos de acuerdo con ellas; a veces simplemente porque no nos afectan directamente, creemos que no podemos hacer nada o suponemos que otro se ocupará.

Yo tampoco creo que podamos vivir sintiéndonos personalmente responsables de cada injusticia que existe. Lo que sí podemos decidir es qué hacemos con aquello que aparece delante de nosotros cuando realmente tenemos alguna posibilidad de ayudar.

Eso es lo que me llevo de Bill. Su gesto puede parecer pequeño si lo comparamos con todo el sistema que tiene alrededor. Para la persona que recibe esa ayuda, no tiene nada de pequeño.

Quizá una sola persona no pueda cambiar el mundo, pero sí puede cambiar el mundo de alguien.

Créditos de imágenes: stills de Small Things Like These, © 2024 Lionsgate; fotos de Enda Bowe / Lionsgate, material de prensa facilitado por Filmin. Imagen histórica: The Little Museum of Dublin / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).

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