Una película de Street Fighter tiene que conseguir que sus personajes resulten reconocibles sin dar por hecho que todo el público conoce sus videojuegos. También necesita algo bastante evidente tratándose de una saga de lucha: peleas que merezcan la pena. La nueva adaptación de acción real, dirigida por Kitao Sakurai, acierta especialmente en este segundo apartado y respeta buena parte de la identidad de la franquicia. El problema llega cuando la comedia empieza a ocupar el espacio que podrían tener los enfrentamientos o el desarrollo de sus personajes.
La historia transcurre en 1993. Ryu y Ken Masters, antiguos compañeros que han tomado caminos diferentes, vuelven a encontrarse cuando Chun-Li los recluta para participar en el Torneo Mundial de Guerreros. El torneo, además, esconde una conspiración.
El resultado es bastante peculiar: una mezcla de drama, acción y humor con recursos que recuerdan al anime. Entretiene y tiene buenos momentos, aunque por el camino también toma decisiones que impiden que pase de ser una adaptación decente a una película mucho más redonda.
SIN SPOILERS · Esta crítica no revela giros importantes de la trama ni su desenlace.
Una historia que funciona mejor que su ritmo
Si se deja a un lado la exigencia de que cada acontecimiento encaje exactamente con los videojuegos, el argumento tiene suficiente solidez para sostener una película propia. Las licencias están ahí y algunas se notan, pero la historia se puede seguir sin estar pendiente de comprobar a qué entrega pertenece cada personaje o qué detalle se ha cambiado respecto al material original.
Lo que cuesta más justificar es la duración. Sus casi dos horas de duración se habrían llevado bastante mejor con otra distribución entre acción y comedia. Hay un momento en el que el ritmo comienza a decaer y varias bromas parecen alargar situaciones que no necesitaban tanto recorrido. La película recupera energía en su tramo final, cuando vuelve a dar protagonismo a los enfrentamientos, pero esa reacción también deja una pregunta bastante sencilla: ¿por qué no se ha mantenido mejor esa dosis de acción durante el resto de la historia?
No se trata de eliminar el humor. Street Fighter puede permitirse momentos disparatados y ciertos guiños a la exageración propia del anime. El problema es la insistencia. Un chiste aislado puede funcionar; cuando los chascarrillos se acumulan, terminan interrumpiendo lo que la película estaba contando y perjudican incluso a algunos personajes.
Las peleas son el mayor acierto
Cuando toca combatir, Street Fighter demuestra que sabe trasladar a la pantalla buena parte de lo que hace reconocible a la saga. Las coreografías son uno de sus puntos fuertes, los efectos especiales acompañan y resulta muy satisfactorio ver los ataques clásicos de los videojuegos convertidos en acción real. En esos momentos la adaptación resulta especialmente convincente.
Precisamente por eso se echan en falta más peleas. El reparto reúne a numerosos luchadores, pero no todos disponen de oportunidades suficientes para demostrar lo que pueden hacer. La calidad del espectáculo deja ganas de seguir viendo enfrentamientos, y la película no siempre aprovecha esa baza tanto como debería. Es una sensación especialmente frustrante en una historia construida alrededor de un torneo.
Hay otros recursos audiovisuales que funcionan bien. Las secuencias animadas son un acierto y enriquecen la forma de contar determinados antecedentes sin necesidad de que toda la película adopte ese lenguaje visual. La música y los efectos sonoros también cumplen, con alguna sorpresa agradable en la selección musical, como escuchar a The Offspring.
Personajes reconocibles, pero no todos bien tratados
Ryu, interpretado por Andrew Koji, es uno de los personajes que mejor encajan en la película. Mantiene un carácter serio y reservado que permite tomárselo en serio incluso dentro de una historia que cambia constantemente de registro. Ken, a cargo de Noah Centineo, también tiene carisma, pero acaba soportando una cantidad excesiva de chistes. Su vertiente desenfadada podría haber funcionado con algo más de contención.

Akuma sale bastante mejor parado. Su presencia mantiene una gravedad que resulta muy apropiada para el personaje. También convencen otros integrantes del reparto, como Juli, Vega o Balrog, aunque la película no concede a todos el mismo espacio. En el lado contrario quedan Chun-Li, cuya actitud resulta por momentos demasiado exaltada, y una Cammy que termina agotando con tantos gritos. Tampoco ayuda que Guile, tradicionalmente un personaje serio, acabe convertido en poco menos que un payaso de circo.
El caso más llamativo es M. Bison, interpretado por David Dastmalchian. Su función como antagonista tiene sentido; el problema es cómo queda representado en pantalla. Más que inspirar temor, parece un jefe déspota y torpe, rodeado de subordinados que contribuyen a esa misma impresión. No es que Bison se dedique a contar chistes. Es su excentricidad, unida al tono de quienes lo rodean, lo que termina restándole autoridad. La comparación con Pilaf, el villano de Dragon Ball, resulta difícil de evitar, y no precisamente por lo amenazante que es.
La película termina así con un M. Bison poco convincente como enemigo al que temer. El contraste con Akuma, tratado con mucha más seriedad, deja todavía más en evidencia esa pérdida de autoridad.

Una adaptación que entiende buena parte de Street Fighter
Pese a esas decisiones, la película tiene bastante cuidado con la apariencia de sus luchadores, sus movimientos y algunas de sus características más reconocibles. No pretende contar exactamente la historia de un juego concreto: construye un argumento nuevo y aprovecha el universo de Capcom para darle forma. En conjunto, el respeto por esa identidad es uno de sus méritos.
La diferencia con Street Fighter: La última batalla, la adaptación de 1994 protagonizada por Jean-Claude Van Damme, es considerable. Allí resultaba difícil reconocer ciertas decisiones sobre los personajes, desde el papel de Ryu y Ken en una trama de estafas relacionadas con armas hasta Cammy como integrante del equipo de Guile. La versión de 2026 también se toma libertades, pero sus protagonistas se parecen mucho más a los luchadores que deberían representar.
Quien no haya jugado nunca a Street Fighter puede seguir la historia y disfrutar de sus combates. Es probable que algunos guiños y relaciones entre personajes tengan menos significado para ese espectador, aunque también puede que determinadas licencias le molesten menos. El conocimiento previo suma, pero no debería convertirse en una condición para pasarlo bien en el cine.
¿Merece la pena ver Street Fighter en el cine?
Para quienes disfrutan con los videojuegos de Capcom, sí merece la pena. Ver esos personajes y sus movimientos en acción real, con buenas coreografías y un apartado visual convincente, compensa varias de las decisiones menos acertadas. Eso sí, conviene saber que habrá bastantes más bromas de las necesarias y que el ritmo no se mantiene igual de bien durante toda la película.
Para quien no tenga especial relación con la saga, tampoco pasa nada por esperar a que llegue a los servicios de streaming. Street Fighter entretiene, tiene una historia razonablemente sólida y deja momentos muy disfrutables, pero cuesta verla como una de esas películas que vayan a dejar una huella especial.
Esta vez hay combates que funcionan, diseños reconocibles y personajes que conservan buena parte de su esencia. Con más acción, menos bufonadas y un tratamiento más convincente de ciertos protagonistas, el resultado podría haber sido bastante mejor. Se queda en una película decente que cumple y entretiene. Después de la abominación que fue la versión de 1994, ya es un avance considerable, aunque tampoco conviene conformarse con eso.
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